Por Evelyn Irizarri Santos
NUEVA YORK, Estados Unidos. – Para muchos resultaba impensable que finalmente el presidente Donald Trump cumpliera sus amenazas contra el presidente de Venezuela y menos que se utilizarían los métodos que al final fueron puestos en marcha para separar del poder y apresar a Nicolás Maduro.
Este procedimiento parecía cosa de tiempos superados, parte de un pasado del que estas generaciones jamás serían testigos.
Además, se daba por seguro que el gobierno y el presidente venezolanos estaban resguardados por dos poderosos gladiadores como China y Rusia.
Al final, a los ojos del mundo, las potencias aliadas dejaron solo a su protegido y el ejército norteamericano encontró el camino libre hacia su objetivo. Los pocos obstáculos que podían encontrar fueron retirados con facilidad, para algunos con la complicidad del entorno más íntimo del depuesto presidente.
Frente al mundo
Desde que asumió su segundo mandato, Donald Trump les declaró la guerra a los cárteles de la droga y comenzó y ha continuado presionando a los presidentes de América Latina para que redoblen sus esfuerzos y muestren una voluntad real de enfrentar con firmeza estos grupos.
México, Venezuela y Colombia han estado en el centro de la polémica y en la mira constante de Washington.
Es más, el presidente Trump ha dicho en incontables ocasiones, sin aportar pruebas, que en México son los narcotraficantes quienes gobiernan el país. Un planteamiento al que la presidenta Claudia Sheinbaum le ha salido al frente.
De la misma forma se ha referido al presidente Gustavo Petro de Colombia. Con ambos mandatarios ha tenido fuertes intercambios verbales.
Todo esto sin mencionar los planes de Trump con Groenlandia y sus acciones en el medio y el lejano oriente y sus recientes amenazas contra Cuba.
Estamos ante lo que parece ser la nueva política exterior de los Estados Unidos y su relación con los demás países.
El caso de Venezuela
La creencia de que Estados Unidos no se atrevería a emprender ninguna acción contra Nicolás Maduro, por evitar un conflicto con los países aliados de Venezuela, no solo estaba arraigada en la mente de los ciudadanos a favor y en contra, sino que el propio Maduro estaba plenamente convencido de que sus amigos eran el fuerte impenetrable que impediría toda acción en su contra.
Por eso sus pronunciamientos desafiantes, por eso su actitud, a veces hasta de burla y desenfado.
Sin embargo, sus aliados, se han limitado a condenar la acción sin mayores advertencias y manteniendo, si se quiere, cierta distancia.
Algo cambió
Solo unos días antes de la incursión militar que terminó con su captura, Maduro se mostró abierto al diálogo, dispuesto a escuchar lo que el gobierno de Trump tantas veces trató de ofrecerle.
Expresó su disposición a conversar, a escuchar y mostró una actitud menos soberbia. Pero ya era demasiado tarde.
Al parecer, algo pasó, que le dejó claro que estaba solo y que pronto "vendrían por él" y que sus aliados habían decidido dar un paso al costado y dejar la pista despejada para no entorpecer las labores militares norteamericanas y su atrevida misión en la tierra de Bolívar.
Tres décadas después
América Latina no vivía una situación similar desde que en 1990, tras acusar de narcotráfico y lavado de activos al llamado "Hombre fuerte de Panamá", Manuel Antonio Noriega, Estados Unidos desarrolló en territorio panameño la "Operación Causa Justa", que terminó con el gobierno de Noriega, su apresamiento y traslado a una prisión en territorio norteamericano, donde fue juzgado y condenado.
Existen muchas similitudes entre estas dos operaciones militares, por lo que se espera que en el caso de Maduro los resultados sean los mismos.
Varios presidentes latinoamericanos han sido acusados de diferentes delitos y han tenido que responder ante tribunales norteamericanos, pero en la mayoría de los casos, estos procesos se han realizado después de que estos entregan el poder.
Después de Maduro
Solo días después de la captura de Maduro, sin tomar ni impulso, ni descanso, el presidente Trump advirtió, primero a la presidencia encargada Delcy Rodríguez, que de no actuar conforme a las directrices pautadas, correría la misma suerte de su antecesor y luego dirigió su atención hacia México, Colombia y Cuba.
A todos les advirtió sobre posibles acciones en sus territorios. A México aseguró que no descartaba emprender acciones terrestres contra los cárteles ante las “ineficientes acciones del gobierno”. Lo mismo advirtió a Colombia.
La barba en remojo
La respuesta de Gustavo Petro, presidente de Colombia, fue la de presentar a los norteamericanos un informe detallado de sus acciones concretas contra los narcotraficantes. Una llamada telefónica entre Bogotá y Washington bastó para concertar una reunión que se llevará a cabo en la Casa Blanca en las próximas semanas.
Para muchos, la rápida respuesta y la actitud de Petro parecen más bien una manera de tratar de evitar caer en desgracia en el Norte y correr la misma suerte de Nicolás Maduro.
Una suerte de poner la barba en remojo, justo cuando ha visto arder la de su vecino.
Cuba
El Caribe sigue estando en el ojo de Washington, y Cuba no podía quedarse fuera.
El pasado fin de semana, las advertencias al gobierno de Díaz-Canel han elevado la preocupación en la Isla.
Con marcado acento imperialista el gobierno de Trump ha vaticinado que el gobierno de Miguel Díaz-Canel pende de un hijo y que está en serios problemas.
El domingo Trump dijo que Cuba no recibirá más petróleo ni más dinero de Venezuela y advirtió al presidente de esa isla que debe llegar a un acuerdo con Washington. Trump escribió en su red Truth Social que sugería encarecidamente a Cuba que llegue a un acuerdo antes de que sea demasiado tarde. Y como una velada amenaza, un usuario de las redes sociales publicó que le gustaría ver a Marco Rubio como presidente de Cuba. Un mensaje que fue publicado por Trump con una nota que decía: “suena bien para mí".
Díaz-Canel
La presión de Washington sobre el gobierno de la isla no es solo a través de amenazas y proclamas, es aún más severa.
Desde la caída de Maduro, Cuba no ha recibido una gota de petróleo venezolano, por órdenes expresas de Donald Trump, además de la advertencia de llegar a un acuerdo "antes de que sea demasiado tarde".
En este escenario, el presidente Miguel Díaz-Canel respondió que Cuba es una nación libre, independiente y soberana. "Nadie nos dicta qué hacer", escribió el mandatario en su cuenta de X. Añadió que Cuba no agrede, sino que ha sido agredida por Estados Unidos durante 66 años y no amenaza: "se prepara dispuesta a defender a la patria hasta la última gota de sangre".
Todo esto sucede mientras el ejército de los Estados Unidos, el más poderoso del mundo, ataca al Estado Islámico en Siria y otros puntos del Medio Oriente.
Y ciertamente, después del regreso de los tiempos en que Norteamérica imponía sus reglas, después que la generación de menos de 40 años ha visto cómo un ejército extranjero penetra a un territorio, apresa al presidente y la lleva ante la justicia de Estados Unidos, nadie se sorprendería de que ocurra lo mismo en Cuba o que ese mismo ejército ingrese a México o a Colombia a enfrentar los cárteles que esos gobiernos no han podido combatir.
Las excusas para hacerlo sobrarán y la comunidad internacional limitará a jugar su rol de espectador, mientras América “vuelve a ser grande de nuevo”.





