Por Federico Pinales
A los Estados Unidos de Norteamérica y a su presidente se les rayaron las canciones, con falsas acusaciones contra indefensas naciones, para justificar criminales estrangulaciones, a través de perversas sanciones, amenazas e invasiones.
Sus desalmados halcones, sin almas ni corazones, diseminados por todos los rincones, con caras de hombres “serios”, han llenado al mundo de cementerios.
Andan por todos los continentes, derrocando, apresando, secuestrando y eliminando presidentes, bajo las falsas acusaciones de que son peligrosos delincuentes.
Inventan, promueven, arman y financian movimientos subversivos, como pasos previos a lograr sus objetivos.
Hasta el momento de eliminar físicamente al líder supremo de Irán, todo le había salido relativamente bien, sin consecuencias graves retaliativas, porque sus víctimas no contaban con suficientes armas ofensivas, ni misiles con ojivas que les llovieran arriba, ni enjambres de drones que desde largas distancias, pudieran doblegar algunas arrogancias.
Las experiencias de Panamá, Iraq, Libia, Siria y Venezuela, intentaron repetirlas en Irán, con la misma impunidad, para luego ir por Colombia, México y Canadá, con la misma crueldad; pero el tiro se ha ido por la culata, porque tanto Canadá como Irán, les han virado la tortilla y los están friendo en su propia salsa, poniendo en evidencia sus noticias falsas.
Irán le ha salido un hueso duro de roer, especialmente a Israel, el objetivo a vencer por su extraordinario poder, ese que hasta ahora nadie había podido hacer retroceder, ni sus defensas romper, para ponerlo a beber el mismo vino, que graciosa e impunemente siempre le ha servido a sus vecinos.
Secuestrarle, o matarle, premeditadamente, su líder supremo, con todo y familia a cualquier país soberano, lo menos que puede esperar el agresor es la reacción humana y natural, con una venganza proporcional, no una rendición incondicional y humillante, como exigieron olímpica y arrogantemente los presidentes de Estados Unidos a Israel a Irán.
Lo triste y lamentable de todo es que, quienes sufren las consecuencias de tantas locuras son los militares, hijos de trabajadores, que en nada se benefician de las millonarias ganancias que les generan esas guerras a los fabricantes de armas y a las compañías encargadas de reconstruir las devastaciones que dejan las mismas, al ser usadas indiscriminada e irresponsablemente.
Las víctimas de todas esas guerras genocidas y gansteriles, además de los soldados infelices y sus familiares, son los trabajadores y los automovilistas (290 millones), que deben movilizarse cada día, por razones de trabajo y de negocios.
Los ricos, los grandes beneficiarios de las guerras, no envían a sus hijos a los frentes de batalla, ni renuncian a las grandes ganancias que les generan estos conflictos; en su mayoría, promovidos por razones económicas que en nada benefician a los de abajo, a los que hacen el trabajo y a los que ponen sus pechos como carne de cañón, para defender los intereses más oscuros de quienes deciden las campañas bélicas por todos los continentes.










