Miguel J. Escala
Mis confesiones sobre el manejo digital generaron mucha risa, según me comentan los lectores, aunque a ninguno —quizás por incompetencia digital— se le ocurrió elaborar un meme. Varios compartieron sus propios enfrentamientos con la tecnología y confirmé algo que ya intuía: existe una reacción edadista que nos rotula a todos como analfabetos digitales.
“Eso es porque no usa el app”.
“A su edad es preferible pedir ayuda”.
Algunas de esas frases contienen una parte de verdad, pero también revelan una tendencia a considerarnos inútiles o casos perdidos. Y, para ser justos, a veces somos nosotros mismos quienes perdemos la paciencia —con nosotros o con la pareja— antes de haber agotado el intento.
Entonces recordé el “aprendizaje para el dominio”, esa propuesta que sostiene que todos somos capaces de aprender, aunque algunos necesiten más tiempo que otros. Esa convicción debemos aplicárnosla con serenidad: darnos tiempo, insistir, aceptar ayuda cuando sea necesario. Porque, en ocasiones, sí se requiere alguien más diestro que nos saque de esa desorientación cíclica que no encuentra camino. No olvidemos que los dilemas desorientadores suelen ser generadores de aprendizaje.
Agradezco profundamente sus comentarios y testimonios sobre cómo este primer año de artículos les ha servido. Los disfruto mucho; confieso que los prefiero a monetizar este esfuerzo quincenal. Seguimos entonces con nuestra reflexión compartida, agradecidos por la acogida y por permitirme seguir construyendo, que ya es suficiente recompensa.
Sigamos indagando para asentar el modelo —los remito al artículo anterior, “Del QR a la Tercera Edad Exitosa”— en fundamentos teóricos sólidos, analizando autores para “tomar y dejar” en un ejercicio de análisis crítico. Hasta ahora está claro que buscamos una Tercera Edad Exitosa orientada por un modelo de cuatro dimensiones y diez competencias, que nos permita mantener la autonomía y servir en la medida de nuestras posibilidades
Una anécdota reveladora
Leyendo un libro —del cual luego les hablaré— encontré una historia compartida por un famoso psicólogo. Los invito a saborearla e intentar identificar al autor.
“Di una conferencia en la Northeastern University y, después de la misma, el director del departamento me invitó a cenar en su casa con un grupo de estudiantes. Me encontré sentado en un rincón bastante oscuro. La esposa del director, que era china, me pasó un plato. Señaló una especie de hamburguesa gruesa, de color marrón oscuro, pero se fue antes de que yo estuviera seguro de haber entendido lo que dijo. Ataqué aquella ‘hamburguesa’ con cuchillo y tenedor. Tenía la corteza crujiente que tantas veces había admirado en la cocina china. Me pregunté cómo la habrían preparado. Terminé de comerla antes de notar que una joven a mi lado la estaba pelando… Me había comido un huevo duro con cáscara y todo”.
Y concluye diciendo que, ante casos similares, solo queda “hacer un chiste de la ocasión”. El autor de la anécdota fue nada más y nada menos que B. F. Skinner.
¿Quién fue B. F. Skinner?
Con permiso de los conocedores de la Psicología, permítanme ubicar brevemente al personaje. Burrhus Frederic Skinner nació en 1904 y murió en 1990. Para muchos, fue el principal exponente del conductismo radical. Profesor de Harvard University desde 1948 hasta su retiro en 1974, desarrolló el análisis experimental de la conducta y el condicionamiento operante, bases del análisis conductual aplicado. El concepto de “reforzamiento” le debe a Skinner su sistematización y aplicación rigurosa en el estudio y modificación de la conducta.
Entre sus obras más influyentes se encuentran Science and Human Behavior, Verbal Behavior, Walden Two, The Technology of Teaching y Beyond Freedom and Dignity, además de numerosos artículos que sustentan sus postulados.
La historia del huevo duro aparece en Enjoy Old Age: A Program of Self-Management, escrito junto a Margaret Vaughan cuando Skinner tenía 79 años. Ese mismo año, la American Psychological Association (APA) publicó su artículo “Intellectual Self-Management in Old Age” en American Psychologist. Dio una conferencia la semana antes de morir y escribió hasta sus días finales. En realidad, un ejemplo de tercera edad exitosa, aunque él prefiriera llamarla “divertida”.
(Que conste que conocí a este “gurú” del conductismo en el Congreso Interamericano de Psicología celebrado en Miami en 1976. Algún día encontraré una foto grupal en la que aparezco yo).
La propuesta de Skinner: un entorno protésico
Sin abundar demasiado en Enjoy Old Age —del cual compartiré una reseña próximamente— los invito a releer la historia, convertida en un chiste que Skinner construye a partir de sus limitaciones auditivas, visuales e incluso gustativas. Esa actitud no es trivial: parte de la aceptación de las pérdidas, pero sin renunciar a construir ganancias.
Desde su perspectiva de intelectual activo, Skinner plantea que esta etapa de la vida no es solo un proceso biológico inevitable; está profundamente influenciada por el ambiente. Los cambios fisiológicos pueden limitar capacidades, pero es posible emplear técnicas personales y modificaciones ambientales para compensar esas limitaciones y continuar realizando trabajo intelectual significativo.
Si muchos de los problemas de las personas mayores se deben a deficiencias en sus entornos, entonces esos entornos pueden mejorarse. No basta con lentes o audífonos —dispositivos protésicos visibles—; se necesita un “entorno protésico” que reduzca consecuencias aversivas y multiplique los reforzamientos.
Algunas ideas centrales
De lo leído identificamos los puntos principales:
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- Entorno y tercera edad
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- El ambiente influye decisivamente en cómo experimentamos esta etapa. Ajustarlo puede facilitar la actividad intelectual y el bienestar.
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- Frente a las limitaciones fisiológicas
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- Usar ayudas sensoriales sin complejos.
- Ajustar el ritmo de trabajo a la energía disponible.
- Buscar actividades que refuercen el interés y la motivación.
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- Memoria y motivación
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- No depender exclusivamente de la memoria: usar registros escritos o grabaciones.
- Adaptar las tareas para que produzcan satisfacción directa.
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- Interacción social y conducta
- El ambiente social influye profundamente en el bienestar y la función cognitiva. Es necesario crear contextos que ofrezcan reforzamientos positivos a la actividad intelectual.
En ese artículo de 1983, que fue el punto de partida para escribir el libro con Vaughan, nos dice:
- “Si las etapas de nuestra vida se debieran únicamente al paso del tiempo, tendríamos que encontrar una fuente de juventud para revertir la dirección del cambio; pero si muchos de los problemas de las personas mayores se deben a deficiencias en sus entornos, entonces esos entornos pueden mejorarse”.
- “El organismo y la persona no se desarrollan, por supuesto, de manera independiente; los cambios biológicos interactúan con las contingencias ambientales. A medida que los sentidos se embotan, el entorno estimulante se vuelve menos claro. A medida que los músculos se vuelven más lentos y débiles, menos cosas pueden hacerse con éxito”.
- “Muchas medidas correctivas son, desde luego, bien conocidas. Los lentes compensan la mala visión y los audífonos la mala audición. Estos son dispositivos protésicos visibles, pero lo que se necesita es un entorno protésico, en el cual, a pesar de la reducción de las capacidades biológicas, la conducta esté relativamente libre de consecuencias aversivas y sea reforzada abundantemente”.
- “Si no puede leer, escuche grabaciones de libros. Si no oye bien, suba el volumen de su fonógrafo (y use audífonos para proteger a sus vecinos). Los alimentos pueden condimentarse para paladares envejecidos”.
- “Olvidar es un problema clásico. Es más evidente al olvidar nombres, porque los nombres tienen muy poco que los sostenga en términos de contexto. Me he convencido de que los nombres son raramente totalmente olvidados”. (pp 239-240)
En síntesis: del huevo con cáscara a las competencias
Skinner no niega las pérdidas. Las reconoce con realismo. Pero su aporte no está en describirlas, sino en preguntarse: ¿qué podemos hacer frente a ellas? Esa pregunta es, en el fondo, una pregunta de autogestión.
Cuando habla de crear un “entorno protésico”, está señalando algo profundamente práctico: no todo depende de la biología; mucho depende de cómo organizamos nuestra vida, nuestro ambiente y nuestras conductas. Esa capacidad de ajustar el entorno, de regular la conducta, de buscar reforzamientos positivos y de mantener la actividad intelectual no es automática. Es competencia.
Y aquí el modelo que venimos construyendo encuentra un aliado sólido.
Si aspiramos a una Tercera Edad Exitosa —entendida como autonomía con sentido y servicio en la medida de nuestras posibilidades— necesitamos dimensiones que integren lo biológico, lo psicológico, lo social y lo actitudinal. Pero esas dimensiones se concretan en competencias: autorregulación, adaptación, manejo del entorno, perseverancia, apertura al aprendizaje, gestión emocional, interacción social significativa.
La anécdota del huevo con cáscara no es un simple chiste. Es una demostración de competencia transversal: aceptación sin dramatización, reinterpretación humorística, continuidad productiva.
Hay una sabiduría que se construye —más allá de los chistes— para responder con éxito a los retos que encontramos a cada paso. Celebremos lo logrado y lo que nos falta.






