Jacobo Majluta, por dentro y por fuera (primera parte)

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Por Rafael Céspedes Morillo

El 9 de octubre de 1934, mientras el reloj marcaba las 6:25 de la mañana, doña Elena lloró de emoción al escuchar el primer llanto del recién nacido, al que ya habían decidido llamar Jacobo. Era todo alegría. Nadie podía imaginar que 62 años después, específicamente el 2 de marzo de 1996, alrededor de las 6:20 de la mañana, me llamarían desde Tampa para decirme: “Jacobo ha partido, haz tu parte”. Me hablaba su yerno, Martín Cantizano, para que, junto con el hospital donde murió, fuera preparado el último informe sobre el ya difunto Jacobo Majluta. Eso hice, sin dejar de apuntar que no pude contar las veces que las lágrimas me dañaron el escrito, porque quise hacerlo yo directamente y no por medio de mi secretaria. 

Jacobo, según mi opinión, es uno de los grandes líderes más olvidado en este país.  

Antes de comenzar a escribir, llamé a mi esposa y le di la infausta noticia. Ella tenía unos “amores” muy especiales con su turco gordo —de hecho, así se decían: “gordi”—. Hablaban varias veces a la semana sobre dietas. Yo les decía: “Ustedes son gordos porque solo hablan de eso”. Todos reíamos.

Pero, el final no llega sino después del inicio, y, por ende, voy a narrar cómo nos conocimos Jacobo y yo. 

Una de las mejores amigas de mi esposa tenía una familia que vivía patio con patio con Jacobo, cuando él residía en la avenida Independencia. La familia Jana Tactuk —William, uno de ellos, era mi médico— fue el primer vínculo. Por ahí vino el primer contacto con Jacobo, contactos que luego se hicieron más frecuentes por mi gusto por la política, aunque ya no tenía afiliación alguna. La relación entre Jacobo y yo creció, hasta convertirme en un aliado político no oficial.

La noche en que murió el presidente Antonio Guzmán, Jacobo cenó en mi casa, en una reunión familiar, no política. 

Algunas horas después de marcharse, me mandó a llamar y me informó lo que había sucedido. Me preguntó sobre las medidas que pensaba tomar. Estuve de acuerdo con todas. Algunas de ellas eran: enviar a su jefe de seguridad, el coronel Cosma al Palacio y tomar las medidas de lugar en cuanto a la seguridad; reforzar la vigilancia en su casa; y no dar declaraciones hasta tanto tener más detalles sobre la información que le habían dado: que el presidente se había suicidado.

Lo habían invitado al Palacio Nacional para que se juramentara y no lo hizo de inmediato. Le pidió a William Jana que se acercara al lugar donde estaba el cuerpo del presidente y le informara cuál era la situación real con relación a su muerte. ¿Y si era cierto? ¿Suicidio o asesinato? Al confirmarse el fallecimiento, Jacobo se trasladó al Palacio, donde le fue tomado el juramento como el presidente número 47 de la República Dominicana.

Alrededor de las 11:00 de la mañana me llamó uno de sus colaboradores cercanos para informarme que de parte del presidente Majluta había una posición para mí. Le di las gracias y le dije que no me interesaba, que muchas gracias. Hice eso pensando que la propuesta no era más que una muestra de que me recordaba y seguía siendo mi amigo. 

Pero en la tarde, cuando ya habían sido nombrados varios cercanos del nuevo presidente, me volvieron a llamar para decirme: “Dice el presidente que lo necesita en esa posición y que…” Lo interrumpí y le dije: “Pues dígale que me nombre y que me diga qué debo hacer”. Al otro día me llamaron para que fuera a tomar posesión de mis funciones.

Nunca hablé con Jacobo. Estuve esperando durante 41 días instrucciones para actuar, y simplemente nunca llegaron. Me dediqué a trabajar hasta un día después de la llegada del nuevo gobierno, cuando fui separado del cargo.

Ahí las relaciones tomaron otro giro, pues comencé a formar un “grupo de apoyo” de profesionales y técnicos para aupar lo que sin duda sería la candidatura presidencial de Jacobo Majluta para el próximo período, pues, al salir del gobierno, su aceptación estaba marcada por una medición con un 76 % de respaldo del pueblo dominicano.

Pero no solo yo pensaba en eso. Varios más también lo hicieron, como fue el caso de Andrés Vanderhorst, quien hizo más que nadie y, por ende, creció más que los demás. Tanto así, que Jacobo nos reunió en su casa y nos pidió unirnos a Andrés para sumar esfuerzos. Yo dije que sí; otros dos dijeron que no. Y bueno, mi historia en lo que fue la Estructura viene más adelante.

 

Rafael Céspedes Morillo
Rafael Céspedes Morillo
Rafael Céspedes

2 COMENTARIOS

  1. Rafael cespedes, verdaderamente me siento su amigo, por su Don de gente, y principios cultivado en el seno familiar, donde lo forjaron o no claudicar ante la verdad,y los valores, Sinceramente lo valoro y admiro, primeramente porque se aferrar a los valores de hombre de bien se lo inculparon sus padres. Debo de se decirle que la compañera idónea como lo dicta el Creador,usted la posee y lo felicito en gran manera, Bendiciones!!!! para usted y los suyos amén!!!!Amén!!!!

  2. Me siento identificado con usted al pensar que el Lic. Jacobo Maruta era el presidente que necesitaba nuestro país para acabar con la extrema pobreza y cordones de miseria que existen dónde todavía aún no llega la mano del gobierno. Yo también fui Jacobiano y miembro del comité ejecutivo nacional del PRD. Mi nombre es Lic. Marcos Guillén y/o César Guillén para lo que es mi vida publica. Dejo li correo para aportar mi granito de arena en el momento que usted lo crea necesario en el entendido de que un grano no llena el granero,pero ayuda su compañero.

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