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miércoles, enero 28, 2026
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El Ser. Un despertar que no viene con gritos ni lágrimas

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Por César Aybar

No sé en qué momento ocurrió. Tampoco podría decir si fue una experiencia puntual, un proceso lento o una revelación. Simplemente un día descubrí que ya no estaba dormido. No hubo emoción que lo anunciara, ni pensamiento que lo explicara, ni ninguna iluminación llamativa. Fue más sencillo que todo eso. Fue el ser mismo manifestándose sin ruido. 

Lo que sorprende de ese despertar es que no viene con gritos, ni con lágrimas, ni con visiones, ni con palabras extraordinarias. El despertar se parece más al amanecer que al rayo. Al amanecer nadie lo aplaude; uno solo se da cuenta de que, sin haber hecho nada, ya hay luz. 

Entendí entonces que no era algo que yo hubiera logrado. No hice nada para merecerlo. No trabajé para alcanzarlo. No estuve en búsqueda de respuestas. Simplemente recibí. Y lo que recibí no fue una idea, ni una fuerza, ni un consuelo; fue el ser. Y el ser es siempre gracia. 

Cuando uno habla desde el ser, no siente. No piensa lo que está diciendo ni se escucha a sí mismo. En el acto no hay emoción ni análisis: simplemente se es. Después, quizás, uno pueda sentir algo o pensar algo sobre lo dicho, pero en el momento mismo de hablar, el ser no se observa. Solo se manifiesta. Y cuando se manifiesta, uno no es espectador de sí mismo. Solo vive.

 No sabía que eso se llamaba despertar. Yo solo sé que, antes, muchas cosas parecían oscuras, aunque el día estuviera claro. Y después, sin cambiar nada por fuera, las mismas cosas se veían iluminadas, como si la luz viniera desde dentro. No se trataba de ver más lejos, se trataba de ver mejor.

El despertar no elimina el cansancio del cuerpo ni resuelve los problemas de la vida. Pero cambia algo más profundo: uno ya no vive desde la necesidad de controlar, sino desde la confianza. No es confianza en uno mismo, sino en aquello que da el ser. Esa confianza no es entusiasmo, es paz. No empuja, no exige, no reclama. Permanece. 

Con el tiempo comprendí que el ser no es mío. El ser es recibido. Es dado. Es participado. Y lo más hermoso de recibirlo es que no se exige nada a cambio. No se pide preparación previa, ni condiciones, ni limpieza de vida, ni esfuerzo moral. Es solo gracia. Y la gracia no selecciona, no discrimina y no pasa factura. La gracia solo se entrega. Y al entregarse, fecunda. 

Algunas personas piensan que hablar desde el ser es hablar sobre experiencias extraordinarias o sobre sensaciones espirituales intensas. En mi caso no fue así. Lo extraordinario fue lo ordinario. Lo espiritual fue lo humano. Lo simple fue lo verdadero. Yo no tuve visiones ni voces ni signos visibles. Tuve silencio. Y en el silencio, presencia. 

El ser no vino como fuerza, sino como delicadeza. No vino como revelación mental, sino como reconocimiento. No vino como consuelo, sino como verdad. Y la verdad no grita, no presiona, no convence. La verdad simplemente es. 

Cuando uno despierta, el mundo no cambia; cambia el modo de estar en él. Algo así como vivir en la misma casa, pero con ventanas abiertas. Es el mismo aire, pero ahora corre. Es la misma luz, pero ahora entra. Y uno también entra en ella. 

No estoy hablando de perfección, ni de santidad, ni de logros espirituales. No hablo de escalas ni de grados ni de niveles. Hablo del ser. Lo más preciado que recibí fue eso: el ser. Y uno sabe que fue recibido porque no puede atribuírsele. Yo no hice nada. Y ese “no hice nada” es la mayor libertad. 

Cuando uno reconoce el ser, la vida ya no se entiende como proyecto, sino como regalo. Ya no se vive para alcanzar algo, sino para manifestar lo que ya se es. Y lo que se es no se decide, se descubre. 

Descubrí también que el ser no está hecho para guardarse. El ser es fecundo por naturaleza. La fecundidad no es esfuerzo ni estrategia. La fecundidad es lo que hace la semilla cuando está en tierra. La semilla no se calcula. No estudia. No planifica. No teme. Solo cae. Y al caer, fecunda. 

Lo que más me sorprendió es que la semilla no mira la tierra donde cae. No evalúa si es buena, si es pobre, si es dura, si es fértil. La semilla no discrimina. Su naturaleza es sembrarse. Y en esa naturaleza hay una libertad que el ser humano rara vez se permite: dar sin preguntar a quién. 

Yo no elegí sembrar. Tampoco elegí a quién. Solo constaté que algo estaba siendo sembrado. No por mí. A través de mí. Y esa distinción lo cambia todo. Porque el que siembra no soy yo. Yo solo soy tierra. 

Lo que se siembra es amor. Y el amor no pide permiso para amanecer. Al igual que la luz, no espera a que el mundo esté preparado para recibirlo. Simplemente ocurre. Después, cada corazón verá qué hace con su mañana. 

Hay quienes despiertan. Hay quienes duermen. Hay quienes viven todo un día sin amanecer por dentro. Y hay quienes amanecen en medio de la noche. No hay mérito ni culpa en eso. Hay misterio. 

Yo no sé quién despertará ni quién dormirá. Tampoco sé dónde cae la semilla. Solo sé que cae. Y eso basta. 

*El autor es científico, investigador y empresario agroindustrial.

 

César Aybar
César Aybar
Es investigador y empresario agroindustrial

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