Por Rafael Aquiles Rivera Andújar
El presidente de los Estados Unidos de América, Donald J. Trump, en sus promesas de campaña establecía que haría de los EE. UU. un país grande, otra vez. Para tales fines se proponía: realizar la mayor deportación de inmigrantes en la historia de los Estados Unidos, reducir la inflación, terminar con la ciudadanía por nacimiento, desmontar la política de diversidad e inclusión impulsada por los globalistas y demócratas. Hizo fuerte críticas al FBI, a la CIA y al Estado Profundo. En materia de política exterior se comprometió a poner fin a las guerras en Ucrania y en Gaza. Fueron algunas de sus banderas.
Una vez alcanzó el solio presidencial el 20 de enero de 2025, inició una campaña de deportación brutal en contra de los inmigrantes ilegales, sin guardar el menor respeto por los derechos humanos consagrados en instituciones creadas por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de la cual los EE.UU. no sólo es parte, sino miembro permanente del Consejo de Seguridad. Estos organismos son: ACNUR, ACNUDH, OIM, OIT, UNICEF…, creando fricciones con países como Colombia, Brasil, Honduras, Venezuela, entre otros. Asimismo, emprendió ataques mediante la imposición de aranceles a sus aliados principales: México, Canadá y Europa, por un lado, y por el otro con su archirrival, China.
En fin, su denominador común ha sido la presión con una alta dosis de arrogancia y ambición. De manera descarada, no esconde el interés en convertir a Canadá en su estado No. 51; en apoderase por cualquier vía de un territorio autónomo de un país aliado (reino de Dinamarca). Como si esto fuera poco, también ha mostrado interés en apoderarse del canal de Panamá y cambió el nombre del Golfo de México, por Golfo de las Américas. Frente al conflicto entre Israel y Palestina en Gaza, ha expresado que no sería habitada más por estos últimos, y que allí construiría
“la Riviera de Oriente Medio”. Amenaza a la República Islámica de Irán, si esta no hace lo que él le indique.
Esta actitud ambiciosa y prepotente del presidente del país más poderoso del mundo, constituye un verdadero peligro. Es importe subrayar que, con la imposición de la política arancelaria del presidente Trump, como mecanismo de presión, no sólo se granjea enemigos gratuitos, perjudicando a su vez a los consumidores de su país, sino que, barre de una vez y por toda, con los cimientos de 40 años de globalización, como afirmó su vicepresidente J.D. Vance.
En torno a lo que tiene que ver con la guerra en Ucrania con Rusia, aunque es evidente el esfuerzo hecho en esta dirección, todo indica que sus aliados o vasallos tradicionales (Europa), le ha echado agua al sancocho, hasta ahora.
Con sus acciones de confrontación y amenaza directa con sus principales aliados y enemigos estratégicos en el mundo y la batalla interna con el poder judicial en su propia nación, lejos de convertir a los Estados Unidos en un país grande como lo era antes, según él (Trump), lo que parece indicar es que, acelera su declive como potencia hegemónica global y del orden unipolar que encabeza por décadas en el mundo.