Por Rafael Céspedes Morillo
En 1999, año en que Hugo Chávez tomó posesión como Presidente de Venezuela, todos recordarán su frase: "Juro ante esta moribunda Constitución". Nadie se percató de que el año, en sí mismo, tenía un significado simbólico. Si invertimos 1999, obtenemos el primer 666. ¿Presagio, coincidencia, señal o algo más? Lo cierto es que, en ese mismo año, Chávez designó como ministro a un prominente hacendado de alta posición económica, a petición de Luis Miquilena, quien no solo era su amigo, sino también el canal a través del cual aquel empresario había ayudado a financiar la campaña que llevó a Chávez a la presidencia.
Aproximadamente un mes después, este ministro presentó al presidente un programa de trabajo elaborado junto con su equipo técnico para el primer año de gestión. Chávez lo recibió, lo ojeó rápidamente y, sin dedicarle demasiado tiempo, se lo devolvió de inmediato con un comentario tajante:
—Mira, chico, esto no es ni parecido a mi visión. Reforma esto y tráeme un programa con una mirada social. Esto no toma en cuenta a los pobres.
Semanas después, el ministro regresó con las modificaciones que, según él, reflejaban las exigencias del presidente. Sin embargo, Chávez volvió a rechazar el plan, esta vez con mayor contundencia:
—Chico, tú no has entendido nada. Yo no estoy aquí para beneficiar a los ricos; estoy aquí, más bien, para joderlos. Esta es la revolución, compréndelo o déjalo.
El ministro respondió sin titubear:
—Así será, presidente. Lo dejaré. Acepte mi renuncia de inmediato. Yo no vine aquí a joder a nadie, menos a mi propia clase. Recuerde que soy rico, por eso pude darle los aportes que le di, y recuerde, no le pedí esta posición, más bien acepté la propuesta.
Se levantó y se marchó. No obstante, su renuncia no se materializó de inmediato. Miquilena intercedió para que esperara, y lo hiciera junto a otros funcionarios que también renunciarían con el fin de postularse a la Asamblea Constituyente. Así ocurrió: el ministro renunció junto con un grupo significativo de funcionarios, pero finalmente no participó en la Constituyente. Pocos advirtieron ese detalle. Años después, una situación similar ocurrió con el mismo Miquilena, a quien en privado se referían como "el diablo", pues "el diablo no paga".
Cuando Chávez logró imponer su constitución casi personal, cambiarle el nombre a Venezuela y modificar otras estructuras claves, seguía líneas trazadas desde el exterior. Su capacidad intelectual era limitada, aunque poseía una memoria excepcional y gran arrojo. Eso le otorgaba cierta ventaja en un mundo donde no siempre se distingue lo real de lo superficial.
Chávez solía citar textos, pero nunca fue un gran lector, salvo en casos específicos de interés político. Casi se aprendió de memoria la novela “Enriquillo”, de Manuel de Jesús Galván, y numerosos poemas de Pedro Mir, pues los usaba como referencia en su campaña. Aunque sí le gustaba la historia y se consideraba poeta y hasta pintor.
El deterioro de Venezuela no fue producto de la incapacidad, aunque esta existiera. Ese deterioro fue planificado, orquestado y dirigido desde Cuba, con expertos en diversas áreas. Se desarrolló un libreto, aunque con matices venezolanos, no cubanos.
Cuando comencé a ver la producción venezolana resquebrajada, la industria aniquilada, los grandes capitales perseguidos y los medios de comunicación amordazados. Comprendí que había llegado el momento de apartarme. Así lo hice. No quise ser parte de lo que le esperaba a Venezuela.
Levanté bandera y regresé a mi patria, no sin antes advertir a varios amigos y relacionados venezolanos sobre lo que se avecinaba. Les dije que, si no hacían algo, serían vendidos, destrozados y aniquilados. Chávez y su grupo, con asesoría cubana, harían de Venezuela un país invivible. El porvenir que construían era mejor que no viniera, solo que ya vino.
Excelente, preciso y conciso. Ese fue el MAC, creo que se apellidaba Riera.
Su escrito es muy clarificador de que de aquellos polvos vienen estos lodos. Saludos, amigo.
En muchas situaciones siempre hay alguien con un alto criterio que identifica el problema y la solución pero lamentablemente, en muchos casos, los involucrados no prestan atención a las observaciones de ese, siempre están sumergidos en sus propias visiones. A otros no les interesa que las soluciones vengan de otra persona, amigos o compañeros, o simplemente, hay quienes no se sienten afectados por esas situaciones y no hacen nada ni contribuyen.
Ese escrito expresa con claridad un ejemplo de eso.