El mundo cambia, menos para los olvidados

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Por Isaac Feliz 

Cuando las luces del firmamento se agudizan y las calles quedan desoladas, un silencio categórico se apodera de todo, incluso de las casas de los olvidados. En el mutismo y la serenidad de la aurora se expresan los sentimientos más inhóspitos, sobre todo cuando la escasez se acentúa y la abundancia parece tomar más distancia con el transcurrir del tiempo.

Crecimiento económico, IED o los grandes pronósticos de cambios en la tecnología, la democracia y la libertad son solo conceptos reservados para los ilustrados. Las confrontaciones entre el liderazgo político se asemejan a los ejemplos propuestos por Albert Einstein en su teoría de la relatividad: la realidad de quien está subido en el tren es distinta de la de quien está detenido en una estación observando. No hay verdades absolutas, sino más bien almas buscando su espacio en el tiempo.

Ha sido, pues, el cambio para la comunidad científica una especie de verdad absoluta, partiendo de lo expresado alguna vez por Heráclito: «nadie se baña dos veces en el mismo río», arguyendo —como expuso Mercedes Sosa—: “cambia el sol en su carrera, cuando la noche subsiste; cambia la planta y se viste de verde en la primavera”.

Aunque, como todo en el mundo de los sustantivos, las excepciones se erigen como grandes titanes y se imponen: el mundo cambia para todos, a excepción de aquellos desgraciados que viven en medio de la penuria y la insuficiencia de los medios para satisfacer las necesidades primarias.

La sentencia del Don Quijote de la Mancha quedó envuelta en los aires y ha viajado hasta nuestros tiempos; por ello, los desdichados hacen suya su alegoría: esta que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha y antojadiza, y sobre todo ciega; y así no ve lo que hace, ni sabe a quién derriba ni a quién ensalza.

Los desposeídos, quienes no tienen quien abogue por ellos, se reducen en la amargura cuando escuchan a los líderes de los países abordar los problemas de manera superficial, reduciendo el debate a ataques que entretienen pero que, lamentablemente, no solucionan.

 

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