Octavio Santos
En una Zona Colonial donde casi cada esquina compite por la atención del visitante, hay un edificio de piedra que guarda historias que no están en la superficie. No tiene la fila constante de selfies ni el ruido de los grandes flujos turísticos, pero dentro se conserva una parte esencial de la memoria marítima del Caribe. El Museo de las Atarazanas Reales es uno de esos lugares que existen a plena vista y, aun así, muchos no terminan de descubrirlo.
Ubicado en la calle Atarazana, justo en la puerta de entrada a la Zona Colonial desde la avenida Francisco Caamaño Deñó (Av. del Puerto).
Es un museo que además cuenta la historia de tragedias: los naufragios en las costas dominicanas. Y lo mejor es la presentación, salas, algunas inmersivas y otras interactivas en las que los visitantes pueden aprender de forma divertida estas historias, gracias a pantallas interactivas, audiovisuales cargadas de dramatismo y bien actuados, áreas para conocer los olores de la época, y lo mejor… los tesoros rescatados de estos naufragios.
El inmueble que lo alberga se remonta a las primeras décadas del siglo XVI, cuando la Corona española ordenó levantar en este punto un complejo vinculado al comercio marítimo. Entre 1509 y 1541 tomó forma una estructura que funcionó como astillero, almacén y centro de control del tráfico de mercancías. Aquí operaron funciones aduanales y administrativas claves, en un puerto que era punto neurálgico del intercambio entre Europa y el Nuevo Mundo.
El edificio fue sede de la primera aduana y de la primera Casa de Contratación del Nuevo Mundo, además de almacén y centro de distribución de productos europeos. Desde estas naves de piedra se regulaba parte del sistema comercial atlántico temprano. Ese peso histórico es hoy la base de un museo dedicado a la navegación, al comercio marítimo y a los hallazgos arqueológicos rescatados bajo el mar.
El proyecto museográfico se inserta dentro del programa de revitalización cultural de la Ciudad Colonial que inició durante el último Gobierno de Leonel Fernández y ha sido continuado desde entonces por Danilo Medina y Luis Abinader.
Según ha explicado el arqueólogo español Carlos León, vinculado desde hace años a esta iniciativa, el Museo de las Atarazanas forma parte de un plan orientado a modernizar varios espacios patrimoniales del centro histórico. Ese programa ha sido dirigido y coordinado por la arquitecta Maribel Villalona, con la participación del Ministerio de Cultura de la República Dominicana y la Dirección General de Museos, encabezada por Ana María Conde.
En el caso específico de las Atarazanas, el trabajo ha contado además con la colaboración de especialistas en arqueología submarina, como Juan López y Francis Senen, así como de profesionales dedicados a la restauración y conservación de materiales procedentes del medio marino, entre ellos la profesora Isabel Brito. La base de la colección proviene en gran medida de piezas conservadas en el Laboratorio de la Oficina Nacional de Patrimonio Cultural Sumergido.
El recorrido expositivo plantea un viaje por los principales naufragios históricos ocurridos en el litoral dominicano entre los siglos XVI y XIX. En ese relato aparecen embarcaciones españolas, inglesas, francesas y holandesas. Se abordan episodios como el naufragio de la Santa María, la flota de Nicolás de Ovando, el Concepción cargado de monedas de plata y cerámica Ming, los galeones Nuestra Señora de Guadalupe y Conde de Tolosa, destruidos por un temporal en la bahía de Samaná, así como barcos vinculados a la piratería y buques de guerra hundidos en combate.
La colección anunciada supera el millar de piezas. Entre los objetos descritos se encuentran un juego oriental de pesas del siglo XVI, una pulsera con el nombre de su dueña, procedente del naufragio del Tolosa, porcelana Ming, joyas, perlas, piedras preciosas, un reloj de pared con su maquinaria conservada, baúles con monedas de contrabando, botellas de vidrio con restos de vino, ánforas con brea y el esqueleto de un marino atrapado bajo un cañón. El conjunto permite aproximarse a la vida a bordo de las embarcaciones y a las circunstancias en que esos viajes terminaron en tragedia.
El discurso museográfico incorpora espacios para narrar esas historias, mostrar objetos originales e integrar recursos interactivos orientados a la divulgación de la arqueología submarina, su metodología y los procesos de conservación de materiales recuperados del mar.
Pese al valor histórico del edificio y a la singularidad de la colección, las cifras de visitas muestran que el museo se mueve en una escala mucho menor que otros espacios culturales del país.
Los registros oficiales indican que el Museo de las Atarazanas Reales recibió 9,862 visitantes en 2023, 13,615 en 2024 y 14,857 en 2025. Hay un crecimiento sostenido, pero los volúmenes siguen siendo reducidos en comparación con otros museos de Santo Domingo.
El desglose revela además cambios en el perfil del público. En 2023 predominaron los niños nacionales y los estudiantes, mientras que en 2025 se observa un aumento notable de adultos extranjeros y grupos estudiantiles. Ese comportamiento sugiere que el museo ha ido ganando presencia en circuitos educativos y turísticos, aunque todavía no alcanza niveles masivos de asistencia.





