Por Osvaldo Santana
La acción mediante la cual Donald Trump y sus colaboradores hicieron añicos el derecho internacional y la carta de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) deja elementos para varias reflexiones, esencialmente válidas para los pueblos de las Américas.
Asimismo, Trump envía un mensaje contundente más allá de Venezuela y Latinoamérica, al mundo, en la dirección de que Estados Unidos es un imperio al que hay que tomar en cuenta en toda circunstancia, de manera particular, para los países de su vecindad, donde ha hecho cobrar vigencia la doctrina Monroe con adecuaciones: todo el continente es un bien convenientemente explotable para su beneficio, sin importar las reglas entre las naciones y los Estados.
Con la invasión y captura del presidente Nicolás Maduro, y la muerte de más de 80 personas, entre la seguridad presidencial venezolana y ciudadanos simples, Venezuela queda humillada, y como van las cosas, de rodillas frente al coloso del Norte.
Ocurre en un momento en que el liderazgo de América Latina está dividido como nunca. Desde un recalcitrante ultraconservador que aplaudió abiertamente la agresión contra Venezuela, como Javier Milei en Argentina, pasando por Daniel Noboa en Perú, Nayib Bukele en el Salvador y países en transición hacia la preferencia de Estados Unidos, como Chile y Honduras, y del otro lado, Cuba y Nicaragua, aliados de Venezuela; Brasil, Colombia y México, que reclaman el respeto a la soberanía de las naciones.
República Dominicana, aliada incondicional de Estados Unidos, igual aprobó la invasión con una declaración insulsa, mediante la cual recuerda que no reconoce a Nicolás Maduro como presidente. Lo que había que esperar, pues el territorio dominicano forma parte de la campaña de agresión hacia Venezuela, pues le fueron entregados dos aeropuertos a Estados Unidos, uno civil y una base aérea militar para la operación para invadir a Venezuela.
República Dominicana no solo aprobó la invasión y el secuestro del jefe de gobierno venezolano, sino que fue parte de la “Operación Resolución Absoluta” desde que Estados Unidos lo decidió. Es necesario registrar que el presidente Abinader no actuó solo esta vez. Desde la cesión del territorio nacional a Estados Unidos para operar aviones para la ejecución de la operación, contó con el aval de los dos líderes principales de la oposición, Leonel Fernández y Danilo Medina, a quienes, según reveló, consultó. Ahora guardan silencio aprobatorio ante la invasión y la captura del presidente Maduro.
Estados Unidos no solo ha capturado a Maduro, sino que apuntala su posición dominante en la región y más allá. En esa dirección ya Trump ha advertido al presidente de Colombia, Gustavo Petro, de que “cuide su trasero”, porque puede ser el próximo objetivo. De hecho, ya lo definió como un “narcoterrorista”. También el presidente norteamericano ha amenazado con invadir a México, si la presidenta Claudia Sheinbaum no colabora a su medida en la persecución del narcotráfico.
Estados Unidos se reafirma como el gran imperio con derechos absolutos sobre los países que están bajo su área de influencia más cercana, y además se sitúa en la escena extracontinental como un competidor único, cuya supremacía no puede ser ignorada ni siquiera por potencias importantes como China o Rusia, naciones con las cuales la Venezuela de Maduro sostiene relaciones especiales.
Con la captura de Maduro, Estados Unidos desafió en particular a Rusia, nación con una de las cuales mantiene una política de apaciguamiento favorable por la guerra de Ucrania, donde se presenta como mediador proclive a una salida negociada. De pronto, sus gestiones aparentemente dirigidas a posibilitar la paz pueden quedar en un limbo.
Pero al mismo tiempo, si el país euroasiático tuviera una posición de mayor fortaleza, la invasión a Venezuela le abriría una ventana a Putin para hacer lo propio con Volodímir Zelenski.
También, China, que enfrenta ahora una iniciativa de legisladores taiwaneses para modificar los términos de las relaciones a través del estrecho de Taiwán, encuentra una ventana para redefinir los términos en que habrán de desarrollarse sus vínculos. En ese caso, China tiene la razón moral e histórica, no sólo porque se trata de un vecino, sino de un conglomerado que forma parte integral del territorio continental. Taiwán es la “provincia rebelde”.
Los cargos contra Maduro
Estados Unidos ha recurrido a cargos como tráfico de drogas hacia Estados Unidos, narcoterrorismo, muy difíciles de probar, al margen de que en múltiples momentos el propio presidente Trump ha declarado que persigue el control del petróleo venezolano, que “les pertenece”.
Lo del tráfico de drogas y narcoterrorismo parecen cargos fabricados para justificar la agresión a Venezuela, mediante un procedimiento que no es nuevo. Ocurrió en Panamá para capturar a Manuel Antonio Noriega, en 1989, y antes, en Granada, para derrocar y asesinar al ministro Maurice Bishop, en 1983. Igual la invasión a República Dominicana tras la revuelta de abril de 1965 fue con el propósito de “salvar vidas”. Ha sido un discurso propio de los imperios en todos los tiempos para encubrir sus verdaderos propósitos de control y expansión.
Más allá de la discusión sobre la legitimidad de Maduro, de que su presidencia fue resultado de un fraude masivo, o de que incluso sea un narcotraficante, no puede sustentar válidamente el “derecho supremo” de Estados Unidos a intervenir en un país ajeno. Venezuela es un problema de los venezolanos.
En la región latinoamericana y caribeña, con toda la arrogancia imperial reinante, la cautela y el sometimiento parecen el camino inevitable para mantener la formalidad de las soberanías.
Pese a todo ello, hay que subrayar que con la intervención en Venezuela Trump actuó al margen de la institucionalidad de su propio país, sin el aval del Congreso, y como ha dicho el congresista norteamericano de origen dominicano Adriano Espaillat, ese ataque no cuenta con todo el apoyo de la sociedad norteamericana.
En un artículo publicado el 6 de enero de este año en Diario Libre, Espaillat refiere un ensayo publicado en el pasado en la Harvard Jorunal on Legislation, titulado “Reparando los daños causados por las intervenciones ilícitas del pasado: caso de la República Dominicana”, en el que examina “cómo las ocupaciones y las intervenciones militares de Estados Unidos en América Latina y el Caribe durante el siglo XX violaron el derecho internacional, socavaron la soberanía de las naciones hermanas y dejaron consecuencias profundas que aún persisten”.







Estamos frente a un señor que está tendiendo sus tentáculos en toda América Latina y el mundo. Lo peor es que los organismos multilaterales no manifiestan preocupación alguna.
Estamos desamparados. Que Dios nos agarre confesado.