Por César Aybar
A lo largo de la historia, el idioma griego utilizó diferentes palabras para referirse al amor, según su naturaleza. Entre ellas destacan eros, que alude al amor basado en la atracción; storgé, que describe el afecto familiar; y philia, que expresa la amistad o el amor fraterno, muchas veces condicionado por la reciprocidad.
Sin embargo, existe un término que sobresale por su profundidad: ágape. Este no describe un amor que busca su propio placer o beneficio, sino uno que encuentra su alegría en darse, en servir y en entregarse sin condiciones.
Cuando Jesucristo habló del amor, no hizo clasificaciones lingüísticas. Él simplemente lo vivió. Pero sus palabras y sus acciones permiten comprender con claridad que el amor que predicó y encarnó corresponde precisamente al amor ágape: un amor que no depende de los méritos del otro, sino de la decisión de amar.
Las traducciones del Nuevo Testamento del griego al español confirman esta idea. Cada vez que se habla del amor que Jesús enseña, se utiliza la palabra que corresponde a ágape. No se trata, por tanto, de un simple sentimiento humano, sino de una forma de amar que tiene su origen en Dios.
Por eso san Pablo, en su primera carta a los Corintios, capítulo 13, no intenta definir el amor, sino describirlo. Y lo hace con una belleza que ha atravesado los siglos:
“El amor es paciente, es servicial; no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. La caridad no acaba nunca”.
San Juan, por su parte, va aún más lejos cuando afirma en su primera carta: “Dios es amor” (1 Jn 4,8).
Esta afirmación tiene una profundidad extraordinaria. No dice simplemente que Dios ama, sino que Dios es amor. Es decir, el amor no es una idea abstracta ni una emoción pasajera; es una realidad personal que encuentra su plenitud en Dios mismo.
A la luz del dogma de la Santísima Trinidad, los cristianos creemos que Jesucristo es Dios hecho hombre. Por tanto, cuando contemplamos su vida, su forma de actuar, su manera de servir y de perdonar, estamos viendo el amor de Dios hecho visible.
De ahí que san Pablo, al describir el amor, esté en realidad describiendo el comportamiento de Cristo.
Pero al mismo tiempo, está describiendo también el camino al que está llamado todo cristiano.
El cristiano es una persona que ha decidido libremente vivir según los mandamientos de Dios. Jesús mismo resumió toda la Ley y los Profetas en dos mandamientos fundamentales:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente… y amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mt 22, 37-39).
En ese proceso de conversión, el creyente va transformándose poco a poco. No se trata solo de mejorar moralmente, sino de algo más profundo: dejar que Cristo viva en él.
Por eso san Pablo pudo decir: “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí”.
Cuando esto ocurre, el cristiano comienza a reflejar el amor que proviene de Dios.
Y esta realidad se vuelve especialmente visible en el matrimonio. Si dos personas que buscan vivir en Cristo deciden unir sus vidas, su relación debería convertirse en un espacio donde ese amor se haga concreto.
Una pareja cristiana no está llamada a competir, a imponerse ni a dominar. Está llamada a servirse mutuamente en el amor.
Por eso, una relación que realmente nace del Evangelio debería reflejar las características descritas por san Pablo: paciencia, servicio, humildad, ausencia de envidia, respeto, capacidad de perdonar, alegría por la verdad, esperanza, perseverancia.
El amor cristiano no busca imponerse, sino entregarse. No busca vencer al otro, sino caminar junto a él.
Cuando Cristo vive en el corazón de dos personas, la relación deja de ser una lucha de voluntades para convertirse en una comunión de amor.
Ese es el ideal cristiano: que cada creyente, a lo largo de su vida, vaya transformándose cada vez más en amor, hasta alcanzar su plenitud en Dios, que es el amor perfecto.
Porque, en última instancia, ser cristiano no consiste solo en creer en Cristo. Consiste en permitir que su amor transforme nuestra vida.










