Por: Haivanjoe Ng Cortiñas
El amor rara vez se asocia con precios, incentivos o estructuras de mercado. Sin embargo, cada 14 de febrero la realidad se impone: tras la desaceleración típica de enero, el consumo repunta impulsado por una emoción que moviliza decisiones, expectativas y recursos. Restaurantes, hoteles, joyerías, floristerías y plataformas digitales confirman que el amor, además de sentimiento, tiene efectos económicos medibles.
Este hecho revela una verdad menos romántica, pero más reveladora: el amor también puede analizarse como un fenómeno económico. No para reducirlo a una transacción fría, sino para comprender mejor sus dinámicas internas, sus tensiones y las asimetrías que suelen acompañar a las relaciones humanas. Precisamente por tratarse de una experiencia individual, descentralizada y relacional, el enfoque adecuado para su análisis es el microeconómico.
Economía, incentivos y relaciones afectivas
Tradicionalmente, la economía se ha definido como la ciencia que estudia cómo los individuos asignan recursos escasos frente a necesidades múltiples. La irrupción de la inteligencia artificial obliga a matizar esta definición. Hoy, la economía analiza incentivos, decisiones, intercambios y comportamientos en contextos de elección, incluso cuando esos intercambios no son monetarios.
Aplicar herramientas microeconómicas al análisis del amor no pretende sustituir aproximaciones psicológicas o filosóficas, sino complementarlas. Una relación que aspira a sostenerse en el tiempo implica intercambios continuos de bienes intangibles -afecto, atención, cuidado, apoyo- bajo condiciones de escasez, información imperfecta y racionalidad limitada.
Escasez en la era de la inteligencia artificial
Durante décadas, la escasez fue el pilar del pensamiento económico. La inteligencia artificial introduce una ruptura relevante: reduce drásticamente la escasez de información, capacidad de procesamiento y producción. Sin embargo, no elimina la escasez; pero la reduce.
En este nuevo contexto, el tiempo, la atención, la confianza, la autenticidad y la capacidad de establecer vínculos profundos se convierten en los recursos verdaderamente limitados. En el mercado del amor, los algoritmos pueden ampliar opciones, pero no garantizan relaciones significativas ni sostenibles. La abundancia de alternativas convive, paradójicamente, con la escasez de compromiso.
Amor, reciprocidad y precio implícito
El amor puede definirse como la expresión de un sentimiento que, para consolidarse como relación, requiere reciprocidad. Un amor no correspondido puede existir como emoción, pero difícilmente se sostiene como vínculo estable.
Aquí emergen conceptos económicos fundamentales. Quien entrega afecto, atención o cuidado actúa como oferente; quien los necesita se sitúa en el lado de la demanda. De la interacción surge un precio implícito: el conjunto de condiciones necesarias para que la relación se mantenga. Dado que la capacidad de amar y sostener vínculos es un recurso escaso, ese precio tiende a aumentar bajo determinadas condiciones.
El mercado del amor y los bienes intercambiados
Las necesidades en el mercado del amor son múltiples y heterogéneas: compañía, comprensión, diálogo, apoyo emocional, estabilidad e intimidad. Para que sean satisfechas, primero deben ser demandadas y, solo si existe alguien dispuesto y capacitado para ofertarlas, el intercambio se materializa.
Aunque profundamente subjetivo, este proceso no escapa a la lógica económica: se comparan opciones, se evalúan costos de oportunidad y se toman decisiones bajo restricciones. El amor, en este sentido, es un bien relacional sujeto a competencia.
Este intercambio enfrenta el problema de la Selección Adversa: antes de formalizar el vínculo, los agentes solo muestran sus mejores atributos (señalización). Al ser un contrato incompleto, existe el riesgo de que el mercado atraiga a individuos que simulan una alta calidad emocional para obtener un beneficio a corto plazo, dejando a los agentes honestos en una situación de vulnerabilidad informativa.
La trampa de la inversión: los costos hundidos
En este proceso aparece uno de los sesgos más persistentes del comportamiento humano: la falacia de los costos hundidos. En microeconomía, un costo hundido es una inversión ya realizada y no recuperable. La teoría es clara: las decisiones futuras deben basarse en la utilidad esperada, no en lo ya invertido.
En el amor, sin embargo, muchas personas persisten en relaciones deficitarias no por los beneficios actuales, sino por el inventario acumulado de años, sacrificios y expectativas. Esta distorsión cognitiva eleva artificialmente el costo de salida y mantiene a las partes en equilibrios de baja satisfacción, motivados por el temor a reconocer una pérdida que, en rigor, ya ocurrió.
Oferta, demanda y valor relativo
El mercado del amor ha experimentado transformaciones profundas. La mujer contemporánea, con mayor educación y autonomía económica, participa activamente tanto como demandante como oferente. El hombre, al percibir una mayor disponibilidad relativa, tiende a moderar su demanda. El resultado es un mercado más dinámico, pero también más competitivo y fragmentado.
En ciertos segmentos se observa un comportamiento similar al de una demanda inelástica: cuando algunas personas incrementan el valor de sus atributos -educación, estabilidad, valor agregado físico- su precio aumenta sin que la demanda disminuya significativamente. Quienes no desarrollan o no logran exhibir dichos atributos enfrentan una depreciación relativa y menor demanda.
Información imperfecta y riesgo
El mercado del amor es, por definición, un mercado imperfecto. La información es incompleta, asimétrica y de calidad incierta. Está mediada por emociones, expectativas y señales ambiguas. Como resultado, el riesgo suele ser mayor para quien demanda que para quien ofrece atributos escasos y altamente valorados.
Estas asimetrías generan poder de mercado. En situaciones extremas, pueden surgir relaciones cuasi monopólicas, donde una de las partes fija las condiciones del intercambio, dando lugar a dependencias, liderazgos o sumisiones difíciles de equilibrar.
De igual forma, el mercado del amor puede presentar estructuras de monopsonio afectivo. Esto ocurre cuando un individuo se percibe como el único comprador (demandante) viable para el afecto de otro. Al no tener el oferente más opciones de intercambio (falta de alternativas), el monopsonista adquiere el poder de reducir el precio —es decir, disminuye su nivel de compromiso o reciprocidad— sabiendo que el otro no tiene otro mercado a dónde acudir.
Cooperación o traición: el dilema del prisionero
Más allá de la oferta y la demanda, la estabilidad de una relación puede modelarse como un Dilema del Prisionero repetido. Si ambos cooperan -fidelidad, apoyo, reciprocidad-, la utilidad conjunta es máxima. Si uno deserta buscando un beneficio inmediato, el equilibrio se desplaza hacia la desconfianza, reduciendo el bienestar de ambos.
En este mercado, la reciprocidad no es un ideal romántico, sino un mecanismo racional de sostenibilidad. Solo cuando los agentes perciben un horizonte de largo plazo, los incentivos para cooperar superan la tentación de la traición.
Incluso si se elige cooperar, las relaciones sufren de riesgo moral. Una vez que el contrato de exclusividad o convivencia se firma y el costo de ruptura aumenta, los incentivos para mantener el esfuerzo inicial disminuyen. El individuo, sintiéndose seguro en su posición, puede 'relajarse' y reducir su inversión en la pareja, pues el monitoreo del sentimiento ajeno es imperfecto y costoso.
Reflexión final
Mirar el amor desde la microeconomía no implica despojarlo de su dimensión humana. Implica reconocer que incluso los sentimientos más profundos operan bajo restricciones, incentivos y decisiones que influyen en su duración y calidad.
La inteligencia artificial puede ampliar opciones, pero no sustituye la escasez de tiempo, atención y compromiso. Entender estas dinámicas no empobrece la experiencia amorosa; la vuelve más consciente. Tal vez el mayor desafío no sea encontrar a quién amar, sino aprender a construir relaciones equilibradas y sostenibles en un mercado donde el corazón, inevitablemente, también fija precios.





