Porque tal vez ahí resida la paradoja mayor de esta hora continental: mientras América Latina busca diversificar sus vínculos y ensanchar sus márgenes de maniobra en un mundo multipolar, Estados Unidos responde con una doctrina de cierre, vigilancia y tutela. Lo llama estabilidad. Lo llama seguridad. Lo llama cooperación. Pero bajo esos nombres vuelve a asomar algo mucho más antiguo: la persistencia del reflejo imperial.
POR RAFAEL MENDEZ
Cosas veredes, Sancho. En la Cumbre Escudo de las Américas celebrada en Miami, Estados Unidos proclamó solemnemente “el derecho de los pueblos del continente a forjar su propio destino sin interferencias externas”. El problema es que fue pronunciada por la misma potencia que hace dos meses, intervino militarmente en Venezuela, secuestró a su legítimo presidente Nicolás Maduro, y su esposa, Celia Flores, y ahora impulsa una “nueva” arquitectura hemisférica de seguridad bajo su conducción.
Cosas veredes, Sancho. Esa contradicción se vuelve aún más evidente cuando se observa el contexto internacional inmediato. Hace apenas unos días, el mismo poder que ahora habla de soberanía regional participó, junto a su principal aliado en Medio Oriente, en un sorpresivo ataque militar contra la República Islámica de Irán. La operación terminó con la muerte del líder iraní Alí Jamenei, buena parte de su cúpula militar y más de un millar de personas, civiles, mujeres, niños y ancianos, desatando una convulsión regional que muchos analistas consideran potencialmente peligrosa para la estabilidad global.
Mientras tanto, en Miami, lo que deja la reunión convocada por Donald Trump no es una imagen de cooperación entre iguales, sino una paradoja cuidadosamente construida. En nombre de la soberanía regional, el país del norte presentó un nuevo dispositivo de tutela hemisférica, bajo la retórica del combate a las “nuevas amenazas”, en tanto, mediante una articulación exprés de gobiernos ideológicamente afines, la Casa Blanca les impone el esquema político y militar que, en la práctica, condiciona ese mismo destino que llama a proteger.
El llamado Escudo de las Américas no nace como un simple mecanismo de coordinación contra el narcotráfico, la migración irregular y el crimen transnacional. En realidad, se inscribe en una tradición más larga: la vieja pretensión de mando hemisférico de Estados Unidos, ya que lo que aparece aquí es una versión actualizada de la Doctrina Monroe, rehecha a la medida del trumpismo y de su propósito de restaurar la primacía norteamericana en una región que busca volver a ser tratada como patio trasero y reserva estratégica imperial.
Una cumbre de afinidad ideológica
Por mucho que la Casa Blanca intente presentarla como un espacio de concertación continental, la Cumbre Escudo de las Américas se parece más a un “firmen aquí” que a un foro regional genuino. La selección de invitados habla por sí sola, debido a que quienes participaron en el conclave son gobiernos alineados con la derecha continental, mientras quedaron fuera México, Brasil, Colombia, Uruguay y Guatemala, no por casualidad, gobiernos que no encajan en la hoja de ruta de Washington.
Esa exclusión no fue un accidente diplomático, sino una señal política, que dejó suficientemente establecido que el nuevo mecanismo no pretende construir consenso hemisférico, sino articular una coalición ideológicamente afín. En ese marco, la proclamación de soberanía contenida en la Carta de Doral adquiere un tono inevitablemente irónico. Estados Unidos invoca la autodeterminación de los pueblos mientras impulsa un esquema de vigilancia estratégica y cooperación militar bajo su propia conducción.
Washington proclama “nuestro hemisferio” mientras denuncia la injerencia de otros actores globales, y en esa narrativa aparece el verdadero trasfondo de la iniciativa: la disputa por la influencia geopolítica en América Latina, debido a que detrás del discurso sobre seguridad y narcotráfico, lo que está en juego es la creciente presencia de China en la región.
China y el rediseño hemisférico
Trump no convocó esa cumbre únicamente para enfrentar carteles y para controlar flujos migratorios, la convocó porque percibe que llega tarde a un escenario donde China ya no es un actor marginal, sino un socio comercial decisivo, un financiador relevante con una presencia creciente en infraestructura, telecomunicaciones y energía. Lo que se intenta, por tanto, no es solo contener el delito transnacional, sino frenar el avance de Pekín en el continente.
El Escudo de las Américas apunta a reconstruir una arquitectura hemisférica bajo liderazgo estadounidense. Washington quiere recuperar centralidad, fijar límites a las alianzas externas de los países latinoamericanos y reafirmar que el continente sigue siendo su espacio natural de predominio estratégico.
Cosas veredes, Sancho. Lo notable es que Estados Unidos reclama para sí el derecho a disputar zonas de influencia en otras regiones del mundo, pero rechaza que potencias externas hagan lo propio en América Latina. Así, la retórica de la seguridad termina revelando una lógica más antigua: la persistencia de la idea de hemisferio como esfera de influencia exclusiva.
Doctrina imperial sin disfraces
Visto en perspectiva, la cumbre de Miami no inaugura simplemente una coalición de seguridad, sino una doctrina práctica de neo-protectorado, aunque ya no se trata de anexar territorios como en los viejos imperios, sino de condicionar decisiones, penetrar estructuras de inteligencia, coordinar operaciones militares y establecer mecanismos de dependencia estratégica que reduzcan el margen real de autodeterminación.
El precedente venezolano ilustra bien esa lógica. La intervención que culminó con el secuestro de Nicolás Maduro no fue presentada como una acción de fuerza, sino como un acto de justicia internacional. Sin embargo, la secuencia previa, criminalización, narrativa de amenaza y operación militar, revela un patrón que podría repetirse allí donde Washington considere comprometidos sus intereses estratégicos.
Por eso la referencia a las “nuevas amenazas” funciona también como advertencia, y en ese ropaje cabe casi todo: narcotráfico, migración, crimen organizado, influencia extranjera o cualquier experiencia política que se aparte del alineamiento hemisférico promovido por Estados Unidos. Cuando el concepto es lo suficientemente elástico, los pretextos para la intervención también pueden volverse ilimitados.
La pregunta de fondo, entonces, no es si el Escudo de las Américas producirá mayor coordinación en materia de seguridad, la cuestión es otra: qué queda de la soberanía latinoamericana cuando su defensa es proclamada bajo un dispositivo concebido para limitarla, y por gravedad, viene la pregunta: ¿Y hasta dónde está dispuesta a llegar la región en la aceptación de un orden hemisférico que, en nombre de la protección, revive viejas jerarquías de subordinación?
Porque tal vez ahí resida la paradoja mayor de esta hora continental: mientras América Latina intenta ampliar sus márgenes de maniobra en un mundo multipolar, Estados Unidos responde con una doctrina de cierre, vigilancia y tutela. Lo llama estabilidad. Lo llama seguridad. Lo llama cooperación, pero bajo esos nombres vuelve a asomar algo mucho más antiguo: la persistencia del poder imperial.










