Miguel J. Escala
(#43)
No escondo lo mucho que me agrada recibir comentarios de los lectores. Complementan lo que comparto en los artículos, pero, sobre todo, refuerzan la selección de ciertos temas, pues demuestran que se entienden, se cuestionan y se incorporan al espacio de reflexión de quienes los leen. Casi los identifico como parte de sus proyectos vitales.
Aportes de los lectores
Del #42, algunos reaccionaron de manera tan interesante que enseguida respondí sus comentarios.
Una asidua lectora nos dice: “Muy buena experiencia. Estas reflexiones vivenciales pueden resultar de gran oportunidad para muchos”.
Mi respuesta fue inmediata: “Eso buscamos, comenzando por el autor, que también busca espacios de involucramiento vital y el desarrollo de su autoeficacia”.
La lectora también citada en el #42, que parecía ahora medio confusa, me escribió también: “El párrafo final, con su gran interrogante, es excelente y retador, sin generar la angustia del ya no puedo”.
Me gusta esa reacción porque recoge algo que considero importante: preguntarnos qué sigue no tiene por qué convertirse en una declaración de incapacidad sobre lo que ya no podemos hacer.
Un lector compartió algo que dijo el papa San Juan Pablo II. En su Carta a los Ancianos, de 1999, hablaba de la tercera edad como un tiempo valioso para “dar vida a los años y no solo años a la vida”. Por igual, instaba a los mayores a mantenerse activos, compartiendo la experiencia vivida para ser útiles a los demás.
Una amiga, sobreviviente de cáncer y quien fuera cuidadora estelar de un hijo que murió, responde positivamente a la invitación del artículo:
“Sí, aunque a veces todo parece muy difícil”.
Le comenté: “Hay que trabajar en las nuevas autoeficacias”.
Y me respondió con otro sí, aunque con una condición:
“Sí. Y ser conscientes de las limitaciones para evitar que nos pase lo del corredor”.
Recuerden al adulto mayor del cuento del artículo anterior que incorporó una actividad nueva —correr— y que, aunque esa actividad le permitió conocer a mucha gente, terminó conociendo a algunos de ellos en circunstancias bastante menos agradables: quienes lo atendieron en la ambulancia y en el hospital.
La observación de mi amiga introduce una precisión importante: la autoeficacia no puede separarse del reconocimiento de nuestras posibilidades y limitaciones. No se trata de demostrar que todavía podemos hacer todo lo que hacíamos antes, sino de descubrir qué podemos hacer ahora y hacerlo con sentido.
Una amiga y compañera, “lectora silente” hasta ahora, incorpora en su comentario la expresión que he seleccionado como título de este artículo:
“Tus artículos han conseguido ese replanteamiento de ¿Ahora qué?”
Y en el diálogo que generó su respuesta me confesó:
“Yo estoy en la fase de construcción de mi nuevo yo”.
Me parece una expresión extraordinariamente rica.
Construir un nuevo yo supone reconocer que el anterior no desaparece, pero tampoco puede seguir siendo necesariamente el que dirige nuestra vida. Hay experiencias, capacidades, relaciones y proyectos que permanecen; otros cambian o desaparecen. Y toca reorganizar la vida alrededor de lo que queda, de lo que aparece y de lo que todavía podemos construir. Eso es parte del “ahora”.
Un amigo de secundaria y lector asiduo de los artículos comenta sobre el comportamiento de otros:
“A veces la gente quiere seguir siendo lo que fue años antes y no quiere entender que es otro momento. Me puse feliz cuando me tocó jubilarme, pero conozco otros a quienes les costó mucho reconocer que ya no eran los grandes jefes que fueron. A veces les cuesta pasar página y entusiasmarse con hacer otra cosa”.
También aquí aparece una clave del ¿Ahora qué? No siempre el problema es encontrar una actividad nueva. A veces es aceptar que nuestra relación con el mundo tiene que cambiar.
Y varios lectores me han comentado sobre las fuertes limitaciones que enfrentan quienes tienen un deterioro cognitivo significativo, quienes tienen que seguir trabajando por necesidad o quienes viven con determinadas enfermedades.
Estos comentarios me obligan a ampliar la pregunta.
Una cosa es preguntarse ¿Ahora qué? cuando todavía tenemos muchas posibilidades de escoger qué hacer, y otra muy diferente cuando nuestras posibilidades se han reducido considerablemente.
No todos pueden correr. Y algunos, además, tienen dificultades para inventarse otra manera de hacer. Es precisamente aquí donde quiero detenerme.
¿Qué significa entonces preguntarnos “Ahora qué” cuando las posibilidades son pocas? ¿Puede existir involucramiento vital cuando ya no podemos hacer muchas de las cosas que antes hacíamos? ¿Qué nos dice la experiencia de quienes, aun con limitaciones importantes, consiguen mantener algún vínculo significativo con otras personas, con una actividad, con una idea, con un proyecto o simplemente con algo que todavía les importa?
Para resumir los comentarios recibidos al #42, podemos identificar cinco temáticas recurrentes e indicativas de por dónde debemos seguir trabajando y construyendo ese proyecto de vida: el vital, el que nos pega, el que podemos asumir.
Son momentos de decisión que, de alguna manera, nos comprometen. Los cinco temas reflejados en lo que aportan nuestros lectores son:
- El ¿Ahora qué? como oportunidad y no como angustia.
- Construir un nuevo yo cuando el anterior ya no corresponde plenamente a esta etapa.
- Reconocer las limitaciones y ajustar las metas sin renunciar al involucramiento.
- Seguir siendo útil y aportar, no simplemente mantenerse ocupado.
- Reconocer que algunas personas necesitarán apoyo para descubrir y sostener su propio proyecto vital.
Ahora, y es parte de la pregunta, tenemos que considerar las limitaciones actuales de algunos adultos mayores que nos lean, pero también las limitaciones que pueden presentarse dependiendo de nuestro propio desarrollo.
- Adaptaciones para limitaciones físicas significativas (movilidad reducida).
- Adaptaciones para deterioro cognitivo leve a moderado (demencias/Alzheimer).
- Estimulación sensorial para limitaciones severas.
Involucramiento vital nos organiza las respuestas (o las otras preguntas)
Creo que aquí el concepto de involucramiento vital puede ayudarnos a mirar el asunto de otra manera. Y para ello tendré que volver a un libro que estoy leyendo precisamente ahora: Vital Involvement in Old Age.
No busco allí una receta para mantenernos activos. Busco algo más difícil: entender qué hace que una relación con el mundo siga siendo vital cuando cambian nuestras posibilidades. Nos dicen los autores:
“Ciertamente, es oportuno y adecuado buscar la manera de integrar aquello que aún pueden aportar al orden social, de una forma acorde con sus capacidades”.
Y también:
“Como indica el título de nuestro libro, el tema central es el involucramiento, y hemos subrayado el significado de esta palabra y su trascendencia a lo largo de la vida. Que dicho involucramiento deba ser vital e incluir una experiencia compartida es también uno de nuestros principios; esto no es de extrañar, dado que la vitalidad es el aliento mismo de la fuerza vital”.
Pero hay algo que necesito precisar: involucramiento no es sinónimo de actividad.
Una persona puede pasar buena parte de la semana cuidando el jardín, haciendo diligencias, asistiendo a reuniones o incluso ayudando a otros, y hacerlo de manera rutinaria, sin que aquello le plantee un reto, le despierte interés o le haga sentir que está aportando algo que considera valioso. Hay actividad, pero no necesariamente involucramiento vital.
En cambio, otra persona puede dedicar dos horas semanales a enseñar a leer a un niño del vecindario. La actividad es pequeña, pero puede implicar interés, compromiso, aprendizaje, relación con otro y la percepción de estar contribuyendo a algo que le importa. Ahí puede haber involucramiento vital.
El involucramiento vital no se mide por cuánto hacemos, sino por el interés, el compromiso y el sentido que encontramos en aquello que hacemos y compartimos con otros.
Ejemplo 1:
Un profesor retirado dedica por lo menos unas dos horas a la semana a conversar con jóvenes interesados en la investigación. Está en diálogo con dos varones, con temas diferentes, y con tres hembras, también con temas distintos.
La iniciativa es de los estudiantes, que no se conocen entre sí. A veces aporta ideas, hace preguntas; otras veces simplemente escucha. Una de las jóvenes incluso le pidió que fuera su mentor.
No hay aquí una actividad organizada para “mantenerse ocupado”. Hay interés por otros, intercambio, aprendizaje, acompañamiento y la posibilidad de contribuir.
El involucramiento puede ser receptivo, no solamente activo. A veces involucrarse significa hablar, proponer o enseñar; otras veces significa escuchar con atención porque lo que el otro está intentando hacer nos importa.
Ejemplo 2:
Otro ejemplo, mucho más sencillo: un amigo que conoce bastante sobre la siembra de determinadas frutas en terrenos pequeños y está disponible para responder preguntas de quienes quieren intentarlo. No tiene que estar dando clases ni produciendo nada formal. Le interesa lo que sabe y disfruta compartirlo
Ejemplo 3:
Y puede ocurrir algo todavía más incipiente. Alguien puede tener la intención de sembrar una especie que le resulta particularmente atractiva —por ejemplo, la pereskia quisqueyana— y comenzar a averiguar cómo hacerlo, dónde conseguirla, qué condiciones necesita y qué tendría que aprender.
Todavía no la ha sembrado. Pero existe una curiosidad que puede convertirse en un proyecto personal.
En ambos casos puede haber involucramiento vital, aunque de manera diferente: en uno, desde una experiencia que se comparte; en el otro, desde un interés que apenas comienza a desarrollarse.
Yo mismo tengo pendiente conocer más sobre la pereskia quisqueyana. Todavía no sé si llegará a ser algo más que una intención. Pero quizá ahí comienza también un involucramiento: en el deseo de conocer y hacer algo con aquello que despierta nuestra curiosidad.
Más preguntas que respuestas
El ¿Ahora qué?, reconozco, se ha complicado.
En realidad, quizá no tenga más respuesta que esta: encontrar nuestro o nuestros proyectos vitales y realizarlos mientras podamos.
Las otras respuestas son individuales. Las dejo para que cada quien aporte las suyas.
Ahora:
¿Ahora qué hago con esta nueva etapa de mi vida?
Después:
¿Ahora qué hago cuando mis posibilidades se hayan reducido considerablemente?
¿Qué significa seguir involucrado cuando la vida nos obliga a cambiar la manera de estar en el mundo?




