Filtraciones policiales, judiciales y periodismo. El marco ético del oficio

Por Emiliano Reyes Espejo
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Filtración 1

Cuando llegué aquel día al Palacio de Justicia de Ciudad Nueva como periodista, asignado a la fuente judicial por el noticiario Radio Mil Informando, me encontré con un hecho impactante y conmovedor. Pensé de inmediato que tenía ante mí una oportunidad para realizar una transmisión “en vivo” desde ese sagrado recinto, lo cual representaba una manera de “coronarme” con una primicia noticiosa, algo altamente valorado por los reporteros de aquella época.

Subí al segundo nivel y acudí a la Segunda Cámara Penal, donde una asistente del juez, muy atenta y simpática, me facilitaba las consultas de los expedientes que serían conocidos ese día en el tribunal. Cuando me vio, un poco exaltada, me informó de inmediato, sin siquiera esperar mi saludo mañanero, que el magistrado no se encontraba y que tampoco asistiría durante los días siguientes.

—El señor magistrado no está, no asistirá hoy —hizo una pausa y, con un dejo de tristeza, expresó—: Bueno, creo que no vendrá en los próximos días.

El juez de aquella Cámara Penal era muy estricto, puntual y disciplinado. Los periodistas sabíamos que, además de magistrado, ostentaba el rango de coronel en un organismo militar. Muchos dominicanos seguramente recuerdan que militares de altos rangos que eran abogados fueron nombrados jueces de cortes penales durante el gobierno del fenecido presidente Joaquín Balaguer.

Esta circunstancia formaba parte de una práctica que, según las interpretaciones históricas de ese período, vinculaba la actuación de sectores militares con el control político y judicial de los opositores, especialmente de líderes y militantes de izquierda. Aquel juez, oficial militar activo, estuvo relacionado con ese contexto. Sin embargo, ello no impedía que, en el ejercicio de sus funciones, mantuviera un comportamiento que muchos consideraban pundonoroso y justo.

En una ocasión, a ese juez no le tembló el pulso para condenar a un temido delincuente, luego de confirmar su participación en un hecho criminal. El caso llamó poderosamente la atención por la actitud desafiante del condenado.

—Se lo advierto, le pesará haberme condenado. Yo salgo ahorita de la cárcel y entonces nos veremos —gritó el reo después de escuchar la sentencia condenatoria.

El juez dio un golpe con el mallete y llamó al orden:

—¡Orden! ¡Orden!

Luego sentenció:

—Queda condenado a cumplir su prisión en La Victoria.

El magistrado dio otro golpe de mallete y, alzando la voz, dijo:

—Este juicio ha finalizado.

Se puso de pie y salió raudo del tribunal.

El escándalo de aquel día en la corte no terminó allí. El reo, tal y como había prometido, logró fugarse de la cárcel y volvió a las calles, donde llevó una vida aparentemente normal.

Aquel día, cuando llegué a la oficina de la Cámara Penal, la asistente del juez, visiblemente nerviosa, me hizo entrar al despacho del magistrado y allí me confió una terrible información.

—¿Tú recuerdas al preso que amenazó al juez durante un juicio después de ser condenado? Se fugó de la cárcel y montó una asechanza en la casa del magistrado, ubicada en la zona Este del Distrito Nacional, hoy Santo Domingo Este.

La joven asistente me dijo, muy compungida, que aquel preso había aprovechado que el juez acudió a su trabajo en el Palacio de Justicia para penetrar en la casa de este y allí agredir sexualmente a su esposa, quien se había quedado sola.

El relato me conmovió. Pero como periodista al fin, pensé que se trataba de un hecho noticioso de gran trascendencia y que debía aprovechar la oportunidad para ofrecer la primicia en el noticiario de Radio Mil.

No obstante, antes de despachar la información decidí consultar con un veterano del área judicial, el colega César Rivera, que cubría esa fuente para el periódico Última Hora. Al conocer la información, su experiencia periodística le llevó a plantear que, antes de enviarla a nuestros respectivos medios, debíamos confirmar con el entonces fiscal del Distrito Nacional, doctor Julio Ibarra Ríos.

—¡Mieeerda, ya se filtró a ustedes ese hecho! —deploró Ibarra Ríos.

Nos preguntó si ya habíamos difundido la información. Le respondimos que no. Entonces hizo un silencio, respiró hondo y soltó una bocanada de humo de su inseparable cigarrillo. Acto seguido, nos formuló una propuesta.

—El hecho es más grave de lo que ustedes se imaginan. Es una tragedia para ese juez.

Nos comunicó que el caso llevaba varios días bajo investigación, que las autoridades habían iniciado una intensa búsqueda del atacante y que esperaban atraparlo lo antes posible.

—El magistrado —acotó— viajó a Miami con su esposa para que ella fuera atendida por médicos especializados. Existe la sospecha de que quedó embarazada.

El colega de Última Hora y yo quedamos aturdidos ante el giro que había tomado la información.

—El caso es muy grave. Ese hombre, el magistrado, está destrozado. Si ustedes divulgan esta información, lo van a terminar de matar —subrayó.

De inmediato, propuso ofrecernos otra noticia de primera página a cambio de que no divulgáramos la relacionada con el juez.

Así lo hizo. Nos proporcionó una información que copó las primeras páginas de los periódicos matutinos y vespertinos.

La noticia sobre la agresión sexual contra la esposa del juez nunca fue divulgada. Los periodistas cumplimos nuestra parte en aquella filtración.

Con el paso del tiempo, aquella experiencia se convirtió para mí en una de las primeras grandes lecciones sobre los límites entre la primicia periodística y la responsabilidad ética del oficio.

Filtración 2

Posteriormente fui asignado a cubrir la fuente policial. Allí tuve dificultades con el relacionista público de entonces en la Policía Nacional. A causa de esa situación, el funcionario se negaba a proporcionar informaciones, alegando que ni yo ni mi medio, Radio Mil Informando, estábamos acreditados.

Me exigió una carta que acredite mi condición de periodista y mi asignación a la fuente. Llevé la comunicación requerida y, no obstante, aunque posteriormente me facilitaba algunas informaciones policiales, también llegó al extremo de prohibir a otros colegas que me las suministran.

La tradición de entonces consistía en que los reportes de incidencias policiales a nivel nacional se colocaban sobre una mesa y los reporteros copiamos los datos que considerábamos relevantes.

Llegó un momento que podría calificar de tragicómico. Fue entonces cuando el veterano colega Ramón Velázquez acuñó aquella expresión que todavía recuerdo:

—La situación está mala hoy. No hay noticias; en los reportes no hay "ni un muertico".

Ante las dificultades que enfrentaba, tuve la suerte de que se me acercara un sargento que laboraba en la oficina de Relaciones Públicas. De manera muy discreta me dijo que estaba dispuesto a ayudarme.

A partir de entonces, aquel agente, que aparentemente no estaba de acuerdo con el trato que yo recibía de su superior, comenzó a filtrar de manera reservada informaciones policiales.

El hecho de que continúe informando a mi emisora, aun cuando el coronel no me daba acceso a las notas oficiales, irritó todavía más al oficial. Finalmente, en la emisora decidieron sacarme de esa fuente y, en mi lugar, enviaron a quien siempre he considerado uno de los mejores periodistas del país: Leo Hernández, que en paz descanse.

Sin embargo, a mi salida de la fuente policial, el sargento amigo consiguió para mí un contacto ubicado en el centro de acopio de los reportes de hechos acontecidos a nivel nacional en los que intervenía la Policía.

Es decir, los informes policiales, incluso antes de ser entregados al jefe de la Policía y a la Presidencia de la República, llegaban a nosotros y, por ende, al noticiario.

Teníamos “loca” a la competencia. Dábamos palos noticiosos a diestra y siniestra. Eran primicias que contribuyeron a posicionar a Radio Mil entre las primeras, e incluso como una de las principales emisoras del país en materia noticiosa.

Nunca conocimos al policía que realizaba aquella arriesgada tarea.

Con esa acción encubierta se jugaba su puesto y hasta la posibilidad de enfrentar consecuencias penales. Sin embargo, nunca buscó reconocimiento.

En Navidad, la emisora quiso compensarlo por el servicio que nos había prestado, pero se negó rotundamente a recibir cualquier tipo de donación, ya fuera económica o en forma de regalos.

Aquel episodio me dejó otra enseñanza sobre las filtraciones: detrás de una información que llega a un periodista puede existir una persona que asume riesgos considerables para hacerla llegar. Por eso, además de valorar el contenido de la información, el periodista debe preguntarse por sus consecuencias y por la responsabilidad que adquiere al utilizarla.

Filtración 3

También ocurrió que, mientras laboraba en el noticiario de Radio Popular, me encontré con un chofer que me confió una información que me dejó atolondrado.

Me relató, de manera confidencial, que antes de llegar a Radio Popular había trabajado como conductor del reputado comentarista de televisión de aquella época, Emilio Lapayese, con quien llegó a establecer una relación de confianza.

El joven narró que había sido asignado para vigilar todos los movimientos del periodista y seguir su vida cotidiana.

Dijo que permanecía con él desde las primeras horas de la mañana, cuando lo llevaba a realizar su programa de televisión, hasta horas de la noche, cuando el comentarista asistía a cócteles y encuentros sociales, los cuales, según manifestó, eran frecuentes.

Lo único que tenía que hacer, según me informó, era rendir un informe detallado a su superior sobre todos los movimientos del periodista: con quién hablaba, dónde se encontraba y qué asuntos trataba, especialmente aquellos que pudieran considerarse importantes.

Tengo entendido que aquel comentarista nunca supo que su vida estaba bajo una vigilancia permanente por parte de instrumentos vinculados al Estado.

En una ocasión, me encontré con aquel “chofer” en medio de una masiva manifestación realizada por el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) en el enlace de las avenidas Máximo Gómez y John F. Kennedy.

Yo cubría la actividad para el Noticiario Popular. Él me vio, se acercó y me saludó. No le correspondía trabajar aquel día en la emisora.

Le pregunté qué hacía en aquella manifestación política y si era militante peledeísta.

—No, estoy aquí infiltrado, haciendo mi trabajo. Ya tú sabes. Tengo que hacer un reporte al final para mi jefe —explicó.

Aquella respuesta me recordó que las filtraciones no siempre tienen como objetivo divulgar información a la sociedad. En ocasiones, también pueden revelar la existencia de mecanismos de vigilancia, control o seguimiento que permanecen ocultos para quienes son objeto de su interés.

El marco ético e “influencers”

En la práctica actual del periodismo y de la comunicación en general se ha producido una proliferación de filtraciones de hechos que son divulgados rápidamente y que, con el paso del tiempo, terminan perdiéndose en la memoria colectiva.

En ocasiones se trata de hechos controversiales que son debatidos sin aportar bases documentales o referencias objetivas suficientes. Esta situación genera confusión, en lugar de orientar e informar.

La sociedad espera ser informada de manera objetiva. Sin embargo, no siempre ocurre así. Por el contrario, vivimos una realidad comunicacional en la que, en determinados casos, los hechos son tergiversados, descontextualizados o difundidos sin la necesaria comprobación.

La presencia en los medios digitales de los llamados “influencers” ha transformado profundamente la manera en que circula la información. No todos estos nuevos comunicadores desempeñan su labor de la misma manera, pero resulta evidente que el ecosistema digital permite que informaciones sin suficiente verificación alcancen grandes audiencias en cuestión de minutos.

La situación plantea nuevos desafíos para el marco ético en que se desenvuelve la comunicación contemporánea.

La práctica ética del periodista o de cualquier comunicador exige confirmar y contrastar los hechos antes de divulgarlos. La información debe ser sometida a un proceso de comprobación que permita establecer su autenticidad, identificar las fuentes y distinguir entre hechos comprobados, versiones, hipótesis y opiniones.

Uno de los grandes problemas que presenta el actual ecosistema digital es que la velocidad muchas veces compite con la verificación.

Publicar primero puede convertirse en un objetivo en sí mismo. La búsqueda de visitas, reproducciones, seguidores y monetización puede crear incentivos para divulgar informaciones antes de que hayan sido debidamente confirmadas.

Pero una primicia sin verificación puede convertirse rápidamente en una desinformación con consecuencias reales.

Priorizan las ganancias

En determinados espacios digitales, las ganancias parecen colocarse por encima de la responsabilidad de ofrecer información objetiva y orientación a los ciudadanos.

El propósito fundamental de la comunicación periodística debería estar relacionado con el derecho de la sociedad a conocer los hechos y con la responsabilidad de contribuir a que los ciudadanos dispongan de elementos suficientes para formarse sus propios criterios.

Esto resulta particularmente importante cuando se trata de acontecimientos policiales o judiciales.

Una filtración puede contener información verdadera, parcialmente verdadera, incompleta o deliberadamente manipulada. Por eso, recibirla no significa automáticamente que el periodista deba publicarla.

La pregunta fundamental no debería ser únicamente: “¿Tenemos la primicia?”, sino también: “¿Está confirmada?”, “¿Es de interés público?”, “¿Qué consecuencias puede producir su publicación?” y “¿Estamos protegiendo la dignidad y los derechos de las personas involucradas?”.

El ejemplo más reciente y más deplorable, según mi apreciación, se produjo a raíz de la muerte de la esposa del merenguero Julián Oro Duro, mientras él también estuvo a punto de perder la vida.

A raíz de este lamentable acontecimiento criminal, circularon informaciones que fueron manejadas de manera confusa por determinados “influencers” y analistas de medios digitales. En algunos casos, se difundieron versiones que contribuyeron a crear un mar de confusión en torno a aspectos policiales y judiciales del caso.

En lugar de ayudar a la sociedad a comprender objetivamente lo sucedido, algunas de esas publicaciones generaron nuevas interrogantes.

Al mismo tiempo, determinados comunicadores digitales obtuvieron una gran cantidad de views y aumentaron sus niveles de interacción mientras difundían informaciones cuya veracidad no siempre estaba claramente establecida.

Surgieron entonces preguntas fundamentales: ¿Realmente se produjeron esas filtraciones? ¿Cuáles eran auténticas? ¿Cuáles fueron modificadas? ¿Cuáles eran versiones interesadas? ¿Cuáles habían sido confirmadas por fuentes oficiales o independientes?

Estas preguntas son esenciales porque una filtración no se convierte en verdad simplemente porque llegue a manos de un comunicador.

Prohibido ignorar

Se trata de una realidad insoslayable que los periodistas y comunicadores profesionales no pueden subestimar ni ignorar.

El periodismo tradicional ya no tiene el monopolio de la circulación de las noticias. Cualquier persona con un teléfono móvil y acceso a una plataforma digital puede convertirse en transmisor de información y alcanzar audiencias que, en algunos casos, superan las de los medios tradicionales.

Ante esta nueva realidad, la profesión periodística tiene el desafío de defender el valor de la verificación, la responsabilidad y la ética.

El Colegio Dominicano de Periodistas (CDP) debería, de alguna manera, buscar un acercamiento con esos nuevos comunicadores surgidos al calor del auge digital en el mundo, con el propósito de realizar intercambios, talleres, debates y jornadas de formación sobre la necesidad de aplicar principios éticos en la difusión de noticias.

No se trata necesariamente de establecer una confrontación entre periodistas tradicionales y nuevos comunicadores. Por el contrario, el desafío consiste en construir puentes que permitan elevar la calidad de la información que recibe la sociedad.

Los medios digitales llegaron para quedarse y forman parte de la realidad comunicacional contemporánea. Ignorarlos sería desconocer una parte importante de la manera en que actualmente los ciudadanos reciben y comparten información.

Por ello, los encuentros propuestos podrían servir para discutir principios básicos de la ética periodística, entre ellos el respeto a la verdad, la responsabilidad social, la honestidad, la rectitud, el respeto a la dignidad ajena, la protección de las fuentes y el adecuado manejo del secreto profesional.

También deberían abordarse cuestiones nuevas que han surgido con la expansión de las redes sociales: la verificación de contenidos virales, el uso responsable de documentos filtrados, la protección de víctimas, la presunción de inocencia, la identificación de fuentes anónimas y la diferencia entre información, opinión y especulación.

La filtración y la responsabilidad del periodista

Las tres experiencias narradas en este artículo muestran que las filtraciones siempre han formado parte del ejercicio periodístico.

En la primera, una información de enorme impacto humano llegó al periodista antes de ser confirmada. La decisión de no publicarla estuvo relacionada con la gravedad de sus posibles consecuencias sobre una familia que atravesaba una tragedia.

En la segunda, una fuente policial anónima permitió acceder a información que, de otro modo, estaba siendo restringida por las autoridades. Aquella filtración proporcionó ventajas competitivas al medio y permitió divulgar noticias antes que otros.

En la tercera, la información reveló un supuesto mecanismo de vigilancia sobre un periodista y, posteriormente, sobre una actividad política.

Son tres historias diferentes, pero todas plantean la misma pregunta: ¿qué debe hacer un periodista cuando recibe una información confidencial?

La respuesta no puede reducirse a publicar o no publicar.

El periodista debe analizar la naturaleza de la información, verificarla, determinar su relevancia pública, proteger a las fuentes cuando sea necesario y evaluar las consecuencias que puede generar su divulgación.

La ética periodística no consiste en renunciar a las primicias. Consiste en saber cuándo una primicia merece ser publicada, cuándo requiere más comprobación y cuándo su publicación puede producir un daño injustificado.

El periodismo responsable no debe convertirse en un simple mecanismo de reproducción de filtraciones.

El periodista debe actuar como filtro profesional de la información.

Ese papel resulta todavía más importante en una época en la que las redes sociales permiten que una versión no confirmada se transforme en tendencia en cuestión de minutos.

El desafío de la era digital

La tecnología ha cambiado las herramientas del periodismo, pero no debería cambiar sus principios fundamentales.

Hoy un periodista puede recibir documentos, fotografías, audios, videos y mensajes de fuentes anónimas prácticamente de manera instantánea. También puede transmitir en vivo desde el lugar de los acontecimientos y actualizar una noticia varias veces en pocos minutos.

La velocidad, sin embargo, no sustituye la verificación.

Una información falsa puede ser eliminada posteriormente, pero el daño causado puede permanecer. Una acusación injusta puede ser reproducida miles de veces antes de que aparezca una rectificación. Una persona señalada públicamente puede sufrir consecuencias personales, familiares, laborales y sociales, aunque posteriormente se demuestre que la información era incorrecta.

Por eso, la ética sigue siendo el principal instrumento de defensa del periodismo.

En definitiva, las filtraciones forman parte de la historia del oficio. Han permitido descubrir hechos ocultos, revelar irregularidades y ofrecer a la sociedad informaciones que, de otro modo, quizás nunca hubieran llegado al conocimiento público.

Pero también pueden utilizarse para manipular, perjudicar, desinformar o alterar investigaciones.

La diferencia está en la manera en que el periodista las recibe, las verifica, las contextualiza y decide utilizarlas.

El verdadero valor de una primicia no está únicamente en ser el primero en publicarla.

Está en poder responder, después de publicarla, por qué se publicó, qué se sabía, qué se verificó, cuáles eran las fuentes y qué interés público justificaba su divulgación.

Ese es, precisamente, uno de los grandes desafíos del periodismo contemporáneo: mantener la velocidad necesaria para competir en el ecosistema digital sin sacrificar los principios que históricamente han dado sentido y legitimidad al oficio.

El autor es periodista.

Emiliano Reyes
Emiliano Reyes
Periodista y Gestor de relaciones públicas

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