Por Emiliano Reyes Espejo
El Sur dominicano es una paradoja. Es una región extraordinariamente rica en recursos naturales, minerales, tierras agrícolas, agua, sol, viento y atractivos turísticos, pero, al mismo tiempo, una de las zonas donde la pobreza y la falta de oportunidades han marcado durante generaciones la vida de miles de sus habitantes.
La riqueza del Sur parece inagotable. Desde hace décadas, sus recursos son explotados de distintas maneras y, sin embargo, la pobreza persiste. La pregunta resulta inevitable: ¿adónde han ido a parar los beneficios de tanta riqueza? ¿Quiénes se han beneficiado de ella? ¿Quiénes han acumulado prosperidad y exhiben una opulencia que contrasta con las condiciones de vida de comunidades enteras?
“La incidencia de la pobreza es significativamente más alta en las zonas rurales del sur en comparación con los cascos urbanos”, señalan datos oficiales.
Ante la falta de oportunidades, muchos habitantes del Sur han tenido que emigrar o, sencillamente, “huir” hacia otros países —España, Estados Unidos y otros destinos— en busca de las posibilidades de progreso que no encuentran en sus propias comunidades.
¿Por qué ocurre esto en una región con tantos recursos?
La pregunta se vuelve todavía más inquietante cuando se observa la historia de la explotación de sus riquezas minerales.
Por ejemplo, la bauxita de Pedernales produjo durante décadas volumen de dólares. Pero ¿en manos de quiénes quedaron los beneficios? Y, sobre todo, ¿qué recibió Pedernales a cambio de la extracción de una parte importante de su riqueza mineral? ¿Cuál ha sido la situación de esa provincia después de la explotación de sus recursos?
Las mismas interrogantes pueden formularse respecto de los minerales no metálicos y las rocas ornamentales de la región.
“El sur profundo, según informes, cuenta con yacimientos importantes de yeso, sal gema —en Las Salinas de Barahona y Neiba—, caliza y arcilla”. Y mármol en Vicente Noble y Canoa.
A esta lista se agregan otros recursos de gran interés económico, como el oro, el larimar y las llamadas “tierras raras”, además del potencial petrolífero que se ha señalado en distintos momentos.
La paradoja es evidente: mientras la riqueza natural permanece bajo los pies de los habitantes del Sur o se extrae de sus montañas y campos, una parte considerable de su población continúa viviendo en condiciones de pobreza.
Oro, sal y larimar
A propósito de la sal, basta detenerse en la situación de los habitantes de Las Salinas, en Barahona. ¿Cómo viven quienes residen en una comunidad vinculada históricamente a la explotación de uno de los recursos minerales más importantes de la zona?
La pregunta también puede formularse de otra manera: ¿quiénes se han beneficiado realmente de esa riqueza?
Los salineros han visto pasar los años mientras la explotación de la sal continúa, pero la riqueza del subsuelo no parece haberse traducido, en la misma proporción, en bienestar para la comunidad.
Algo parecido ocurre con el larimar, una piedra semipreciosa de extraordinario valor y cuya variedad azul es considerada única en el mundo. Su explotación se concentra casi exclusivamente en la provincia de Barahona, convirtiéndolo en un elemento de identidad cultural y en una fuente de actividad económica.
Pero detrás de las joyas y de su elevado valor comercial existe otra realidad: la de los hombres que penetran en las entrañas de la tierra para extraerla, generalmente en condiciones de alto riesgo.
¿Dónde queda la calidad de vida de esos mineros? ¿Cuánto de la riqueza generada por el larimar permanece realmente en las comunidades donde se extrae?
El debate no debería limitarse al valor económico de la piedra. También debería incluir la seguridad, la dignidad y las condiciones de vida de quienes arriesgan su integridad física para sacarla del subsuelo.
Son preguntas que merecen respuestas.
Un reportaje difundido por la televisión Rusia Today (RT) mostró imágenes sobre la explotación del larimar en Barahona. En ellas se observan mineros trabajando en condiciones difíciles y arriesgando sus vidas para extraer el mineral.
Mientras tanto, el larimar se transforma en joyas de alto valor que llegan a mercados nacionales e internacionales.
La pregunta vuelve a aparecer: ¿cuánto de esa riqueza retorna a las comunidades donde se origina?
El oro de San Juan
En San Juan de la Maguana la discusión adquiere otra dimensión.
La provincia se ha resistido a permitir la explotación del oro que guarda en las entrañas de sus montañas. ¿Por qué esa resistencia? ¿Qué han observado los sanjuaneros que los lleva a desconfiar de una actividad minera que, para sus promotores, podría representar importantes beneficios económicos?
San Juan ha defendido durante años su vocación agrícola. La provincia se ha ganado el calificativo de “granero del Sur” debido a la importancia de su producción agropecuaria.
Para muchos de sus habitantes, permitir una explotación minera de gran escala podría poner en riesgo fuentes de agua, tierras agrícolas y ecosistemas esenciales para la vida de la región.
La oposición a la minería, por tanto, no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de cuánto dinero podría generar la extracción del oro. También debe preguntarse qué costo ambiental, agrícola y social tendría y quién asumiría esos costos.
La experiencia de otras zonas mineras del país forma parte inevitable de esa discusión.
¿Acaso no ocurrió algo parecido en Pedernales con la explotación de la bauxita? ¿La riqueza generada por la extracción de ese mineral produjo una transformación proporcional en las condiciones de vida de la población?
Ingenio Barahona: ¿desgracia o bonhomía?
La instalación del ingenio Barahona representó, en su momento, una gran expectativa para la región.
La agroindustria se instaló entre 1917 y 1918 por iniciativa del empresario José Eleuterio Hatton y posteriormente fue desarrollada por la empresa norteamericana The Barahona Company Inc.
La empresa comenzó a tomar forma legal el 4 de junio de 1917, fecha en que se firmó el contrato de terrenos entre el Ayuntamiento de Barahona y The Barahona Company Inc., dando paso a la creación del ingenio.
¿Fue para bien o para mal?
La respuesta no es sencilla.
El nuevo ingenio modificó profundamente la vida económica de los habitantes de la región Enriquillo —Barahona, Bahoruco, Pedernales e Independencia—. En sus comienzos fue visto como una especie de panacea y despertó expectativas de empleo, crecimiento y bienestar.
Pero, con el paso del tiempo, surgieron también otras consecuencias.
El emporio azucarero concentró grandes extensiones de tierra y terminó desplazando o limitando las posibilidades de numerosos pequeños productores agrícolas.
La expansión de la actividad cañera cambió la estructura productiva de la zona y generó un debate que todavía persiste: ¿hasta qué punto una gran empresa agrícola puede contribuir al desarrollo regional si desplaza a los pequeños productores?
“La explotación agrícola del ingenio Barahona, actualmente operada por el Consorcio Azucarero Central (CAC), ocupa una extensión de tierra de 9,507 hectáreas de cultivo, lo que equivale aproximadamente a 151,000 tareas de tierra, tomando como referencia la medida agraria dominicana”.
Para los pequeños agricultores, el problema no termina en la cantidad de tierra ocupada. También está la dificultad de disponer de espacios suficientes para producir.
Apenas quedan, según denuncian algunos productores, reducidos “trillos de tierra” donde tienen sus conucos, al lado de los grandes cañaverales. La situación se agrava cuando las labores mecanizadas afectan esos pequeños espacios de cultivo.
En definitiva, corresponde a la sociedad evaluar el balance histórico del ingenio Barahona y determinar cuánto ha representado en términos de empleo, producción y desarrollo, pero también cuánto ha significado para los pequeños productores y para la estructura económica de la región.
Un territorio sentado sobre riquezas
La riqueza del Sur resulta difícil de dimensionar.
Sus principales recursos abarcan una extraordinaria biodiversidad, importantes yacimientos minerales, extensas áreas agrícolas y un enorme potencial turístico y ecoturístico.
“Las principales riquezas existentes en el sur de la República Dominicana se centran en su excepcional biodiversidad, sus recursos mineros y su gran potencial ecoturístico”, escribe Freddy Pérez Espinosa en el digital Ecos del Sur:
“No existe en la República Dominicana otra región que cuente con los recursos naturales y la potencialidad que la región Enriquillo. Sus ríos, montañas, lagos y lagunas, abundante sol, minas, viento y demás recursos hacen de la misma una zona inigualable”.
La Sierra de Bahoruco constituye uno de los grandes tesoros naturales del país. Científicos e investigadores han destacado su extraordinaria biodiversidad y la presencia de una importante proporción de la flora endémica dominicana, incluyendo numerosas especies de orquídeas.
A ello se suman el Parque Nacional Jaragua, el Lago Enriquillo —el mayor lago del Caribe—, las Dunas de Baní y playas de reconocimiento internacional, como Bahía de las Águilas.
Riqueza agrícola
La región también posee una considerable riqueza agrícola. Los valles de San Juan y las provincias de Azua, Pedernales y Bahoruco producen frutos menores, vegetales, habichuelas, caña de azúcar y otros cultivos.
En las zonas montañosas de Polo, en Barahona, persiste además una importante tradición cafetalera.
El potencial energético tampoco es menor. La región reúne condiciones excepcionales para el desarrollo de energías renovables, como demuestra el Parque Eólico Los Cocos.
Pedernales, por su parte, ha comenzado a ser considerado para nuevos proyectos vinculados al desarrollo turístico, energético y tecnológico.
A esto se agrega la presa de Monte Grande, concebida para almacenar agua, reducir los efectos de las inundaciones provocadas por el río Yaque del Sur, irrigar grandes extensiones agrícolas y contribuir potencialmente a la generación de energía.
Recursos no faltan. Lo que sigue faltando es que una parte significativa de esa riqueza se convierta en bienestar para quienes viven allí.
El Sur produce miles de millones de pesos
Según datos citados en estudios económicos, la región Sur genera aproximadamente el 14.7 % del Producto Interno Bruto (PIB) nacional.
Tomando como referencia un PIB nacional de alrededor de US$127,861.4 millones, la producción económica atribuida a la región equivaldría a unos US$18,795.6 millones.
La cifra impresiona. Pero existe una contradicción que no puede ignorarse: ¿cómo es posible que una región que produce una cantidad tan significativa de riqueza mantenga niveles tan elevados de pobreza?
Los estudios y mapas oficiales de desarrollo han situado históricamente la pobreza monetaria y multidimensional en amplias zonas del Sur profundo, con tasas superiores al promedio nacional y con importantes sectores de la población viviendo en condiciones de vulnerabilidad.
La pobreza afecta especialmente a habitantes de provincias como Elías Piña, Bahoruco, Independencia, Azua, Barahona, Pedernales y San Juan de la Maguana.
Son territorios que poseen enormes riquezas, pero cuyos habitantes no siempre perciben en sus hogares los beneficios proporcionales de esos recursos.
La pregunta pendiente
El problema del Sur no parece ser la ausencia de riquezas. Tampoco es la falta de recursos naturales, de tierras, de agua, de sol, de viento, de minerales, de biodiversidad o de atractivos turísticos.
La gran interrogante es otra: ¿cómo se distribuye y en qué se transforma la riqueza que produce la región?
Porque una mina puede producir millones de pesos y una comunidad seguir siendo pobre.
Una finca puede generar grandes beneficios y el pequeño agricultor continuar luchando por un pedazo de tierra.
Una piedra semipreciosa puede convertirse en una joya de alto valor mientras el minero que la extrae continúa viviendo en condiciones precarias.
Un territorio puede exportar minerales y, al mismo tiempo, perder población, porque sus jóvenes no encuentran oportunidades para quedarse.
Ese es el verdadero drama del Sur.
No se trata simplemente de tener riquezas. Se trata de convertirlas en educación, salud, empleos dignos, infraestructura, producción, oportunidades y mejores condiciones de vida.
Por eso la discusión sobre el futuro de la región no debería limitarse a cuánto oro queda, cuánta sal puede extraerse, cuánto larimar puede venderse o cuántas toneladas de minerales pueden sacarse de sus montañas o cuántas toneladas métricas de azúcar pueden enviarse al exterior.
La discusión fundamental debería ser otra: ¿qué recibe la gente del Sur a cambio de entregar sus recursos?
La respuesta a esa pregunta podría ayudar a explicar por qué una de las regiones potencialmente más ricas de la República Dominicana continúa siendo, paradójicamente, una de las más pobres.
¿Hasta cuándo?
Los habitantes del Sur tienen derecho a preguntarlo.
Y también tienen derecho a exigir que la riqueza de su tierra se traduzca, finalmente, en riqueza para su gente.
*El autor es periodista.




