Por Alfonso Tejeda
A lo “ cibaeño”, el mundo de la Inteligencia Artificial está “más ,enreda’o” que “una güeva (hueva) de tabaco”, la que sólo la candela desenreda, remedio que en este caso sería “echarle más leña al fuego” , combustible que atiza un revoltijo de actores “mansos y cimarrones”, por un lado, y por el otro, sus babélicos contradictores, barullo que en la Casa Blanca, Washington, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y su contraparte de China, Xi Jinping, se reúnen a discutir tan complicado tema este jueves 24 de septiembre, festivo en República Dominicana, que celebra el Día de Nuestra Señora de las Mercedes, aquella virgen que “ayudó” a los españoles “a vencer “ a los nativos en la batalla de Santo Cerro, La Vega, durante la conquista española de Quisqueya.
El match Trump- Jinping rebasa la Inteligencia Artificial, que a la vez, es transversal entre las dos potencias del mundo, pues resume en sí la posición geopolítica que buscan dominar, la guerra tecnológica que protagonizan y la bolsa económica que se disputan, escenarios estos dos últimos en los que se dan unos cruces de papeles entre actores de un mismo bando, pero en esta coinciden con sus contrarios del otro bando, una muy “sui generis” coyunda, que a países como el nuestro lo coloca en la paradójica situación de necesitar esa tecnología pero, a la vez, temerla por algunas de sus consecuencias.
Es el caso de la Educación, campo en el que la IA puede ayudar en un mejor aprovechamiento en el aprendizaje de los estudiantes -una catástrofe en el caso dominicano según él último informe Pisa-, pero también, pudiera ser un obstáculo por la limitada capacidad de los alumnos dominicanos para lograr un mayor beneficio de esta tecnología, la que demanda perspicacia y habilidades, aptitud y actitud en las que el sistema de enseñanza adeuda, en el pleno desarrollo de sus agentes.
Las grandes empresas que desarrollan la Inteligencia Artificial , aparentan temer al monstruo que han creado y piden regularlo para evitar posibles descontrol de las máquinas que puedan provocar catástrofes humanitarias; incorporan también a ese menú de amenazas los cuantiosos recursos económicos invertidos – contados en billones de dólares -, que pudieran esfumarse con el soplar del viento salido de una burbuja pinchada, situación que aquí basta con la pérdida de empleos si esos robots se incorporan a las tareas técnicas de la industria y a los servicios dominantes en la economía dominicana.
Ese es un dilema pendiente que va en ruta hacia su definición, ahora con el Programa Nacional de Alfabetización en Inteligencia Artificial “RD Inteligente”, anunciado hace dos semanas por el presidente de la República, Luis Abinader, que lo define como “una iniciativa de desarrollo tecnológico y social que busca capacitar a un millón de dominicanos en inteligencia artificial (IA), con el propósito de fortalecer las competencias digitales de la población y avanzar hacia una economía del conocimiento más inclusiva y competitiva”.
Conteste de la importancia de ese programa y del propósito igualitario y democratizador que lo orienta, cabe la preocupación de combinar esa economía del conocimiento con una donde la informalidad tiene una presencia muy afincada, y que, como adelanto, enfrenta la supervivencia de los arroceros del país, sobre los que pende una amenaza cierta de descalabro, que de concretizarse, afectaría a cerca de 300 mil trabajadores directos e indirectos, particular en la zona del Cibao, en la misma que Nuestra Señora de las Mercedes favoreció a los extranjeros contra los nativos, disposición que espero cambie y acompañe en esta oportunidad al presidente Abinader en la discusión del tema con su homólogo estadounidense, quien hasta ahora se ha impuesto.




