Siendo gotas, somos mar

spot_img

Por César Aybar

En distintos momentos de la historia, muchas sociedades han cometido el error de considerar que el individuo carece de importancia frente al colectivo. Basadas en esa visión, se han justificado injusticias, atropellos e incluso la eliminación de vidas humanas en nombre de supuestos intereses superiores o del llamado “bien común”.

Cuando una sociedad comienza a organizarse sobre la idea de que la persona individual vale menos que la masa, lentamente el ser humano va perdiendo rostro, voz y dignidad. Poco a poco, el individuo se vuelve invisible ante las estructuras de poder y ante quienes administran los bienes, las leyes y las decisiones que afectan la vida de todos.

Existen diversas formas mediante las cuales las sociedades llegan a ese punto. Algunas veces ocurre de manera violenta, cuando grupos organizados destruyen el orden establecido alegando representar las aspiraciones del pueblo. Otras veces sucede de manera pacífica, utilizando mecanismos democráticos legítimos, como las elecciones. Sin embargo, en ambos casos existe un peligro común: que quienes alcanzan el poder terminen sustituyendo el servicio por el control, y la representación por la dominación.

Cuando eso ocurre, el individuo comienza a perder gradualmente derechos fundamentales: libertad de pensamiento, libertad de conciencia, libertad de culto, libertad de iniciativa y hasta la capacidad de disentir. El ser humano deja entonces de ser visto como persona y empieza a ser tratado únicamente como una pieza dentro de una estructura colectiva.

Toda visión social que reduzca o debilite la dignidad individual termina entrando en contradicción con el proyecto de Dios para la humanidad. La fe cristiana enseña que el ser humano fue creado a imagen y semejanza de Dios, y una de las principales características de Dios es precisamente la libertad.

Esa libertad no fue entregada al ser humano como un accidente secundario, sino como parte esencial de su dignidad. Gracias a ella, la persona puede buscar, discernir, amar, elegir y hasta decidir libremente acercarse o alejarse de su propio Creador.

El Catecismo de la Iglesia Católica, en el numeral 1878, afirma:

“Todos los hombres son llamados al mismo fin: Dios. Existe cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la fraternidad que los hombres deben instaurar entre ellos, en la verdad y el amor”.

La Trinidad ofrece una de las enseñanzas más profundas sobre la relación entre unidad y persona. Dios es uno, pero a la vez es Padre, Hijo y Espíritu Santo: tres personas distintas que viven en perfecta comunión, sin confundirse ni anularse mutuamente.

La unidad divina no destruye la identidad de cada Persona. Por el contrario, la plenifica en el amor.

Ese principio contiene una enseñanza extraordinaria para la humanidad. Las sociedades sanas no son aquellas donde el individuo desaparece dentro de la multitud, sino aquellas donde cada persona conserva su dignidad, su libertad y su valor, mientras coopera con los demás en la construcción del bien común.

La sociedad no debe existir para aplastar al individuo, sino para permitir que cada persona pueda desarrollarse plenamente junto a los otros.

Desde el mismo inicio de la creación aparece esa lógica. Dios no creó primero una masa anónima de personas para luego formar al individuo. Creó primero al ser humano, y a partir de él surgieron la familia, la comunidad y posteriormente la sociedad.

Eso significa que el individuo no nace de la sociedad; la sociedad nace del individuo.

El todo no anula la unidad. La multitud no destruye la persona. El mar existe gracias a las gotas que lo forman.

Y quizás ahí se encuentra una de las verdades más necesarias de nuestro tiempo: solamente cuando cada ser humano es respetado en su dignidad, su libertad y su conciencia, la sociedad puede convertirse verdaderamente en comunidad.

Porque siendo gotas… somos mar.

César Aybar
César Aybar
Es investigador y empresario agroindustrial

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

Las más leídas

Con las riendas tensas, las memorias de Juan Bolívar

Por Alfonso Tejeda  En un reciente comentario a un artículo de Marino Beriguete, ese intelectual que en cada entrega reta a sus lectores a demostrar...

Guido Gómez Mazara da la cara, no usa mamparas

Por Federico Pinales Caminando dentro del parque Mirador, bajo un intenso calor, me encontré cara a cara, con Guido Gómez Mazara. Él andaba solo, sin aparatajes...

¿40 partidos o 40 sanguijuelas?

Por Federico Pinales Se dice que en la República Dominicana existen “40 partidos políticos”. ¿Por qué y para qué? ¿Quiénes los integran? ¿De dónde vienen sus miembros y...
spot_img

Con las riendas tensas, las memorias de Juan Bolívar

Por Alfonso Tejeda  En un reciente comentario a un artículo de Marino Beriguete, ese intelectual que en cada entrega reta a sus lectores a demostrar...

Guido Gómez Mazara da la cara, no usa mamparas

Por Federico Pinales Caminando dentro del parque Mirador, bajo un intenso calor, me encontré cara a cara, con Guido Gómez Mazara. Él andaba solo, sin aparatajes...

¿40 partidos o 40 sanguijuelas?

Por Federico Pinales Se dice que en la República Dominicana existen “40 partidos políticos”. ¿Por qué y para qué? ¿Quiénes los integran? ¿De dónde vienen sus miembros y...

Articulos relacionados