Por: Osvaldo D. Santana
Debajo del Puente Matías Ramón Mella, la ciudad revela uno de esos espacios que existen lejos de las postales. El concreto expuesto, las marcas en los muros y la estructura metálica crean un paisaje áspero, casi industrial, donde el tiempo parece quedarse atrapado entre columnas y sombras.
Al fondo, el río Ozama rompe la dureza de la escena con un reflejo silencioso, mientras las luces urbanas recuerdan que, incluso en los rincones más duros, la ciudad sigue viva.
Aquí no hay artificio. Solo estructura, memoria y noche. Un Santo Domingo que no busca llamar la atención, pero que cuenta historias en cada pared, en cada grafiti y en cada tramo de concreto suspendido sobre el río.






