Por Alfonso Tejeda
Mientras la guerra del eje Estados Unidos e Israel contra Irán convoca, por su peligrosidad armamentista, temores de imprevisibilidad y por las consecuencias económicas, incertidumbres financieras, aquí en el país, pendiente de esas consecuencias, en la última semana hubo espacios para alentar la esperanza de que los problemas cotidianos pueden ser afrontados, atendidos, con la dedicación necesaria, sin echarlos a un lado.
Me refiero al cuido de los ríos Haina y Ozama- Isabela, donde se trabaja con un proyecto iniciado en septiembre pasado mediante el decreto 531-25, que declaró de alta prioridad la intervención del área metropolitana del Gran Santo Domingo, “con el propósito de lograr la regeneración física, urbana y ambiental de los terrenos ubicados en las riberas actualmente ocupados por asentamientos humanos”.
La Unidad Ejecutora para la Readecuación de Barrios y Entornos (URBE),responsable de los trabajos en la ribera este, anunció la licitación para segunda fase del proyecto, que se propone “la protección del borde del río y la estabilización de suelos, sentando las bases para un proceso integral que transformará la ribera en un espacio seguro, ambientalmente sostenible y digno para sus comunidades”, propuesta que estará disponible a partir del 12 de mayo, para quiénes se interesen en ese trabajo.
En un amplio y muy detallado reportaje elaborado a partir de las investigaciones de periodistas de Diario libre, en 10 cursos de aguas y ríos del país, entre esos el Ozama- Isabela y el Haina, se grafica la grave situación de esos, resultado de la extracción ilegal de materiales, la basura, descargas sin tratamiento y el abandono y contaminación de esos afluentes que se deterioran cada vez más al paso del tiempo, particular entre 2003 y 2025, último año cuando se hizo el trabajo de campo.
Las imágenes de entonces, en el río Ozama muestran la presencia de grandes porciones de áreas verdes, que en 2025 apenas son trillos entre la cubierta de blocks, varillas y cemento que han convertido ese espacio en un abigarrado asentamiento humano, ocupación que ha producido una contaminación de dimensiones apenas manejable, faena en la que están involucradas organizaciones que sostienen “al río que se niega a morir”, cómo dice Carlos Torres, que recuerda era un balneario.
El otro caso es el río Haina, donde las autoridades del Servicio Nacional de Protección Ambiental desplegaron un operativo escalonado que arrancó con la paralización inmediata de toda actividad extractiva en el cauce para detener la explotación ilegal de agregados y comenzar un proceso de recuperación ambiental, explicó el director del organismo, el general de brigada Ángel Alfredo Camacho, que estableció la operación en el tramo comprendido entre las comunidades: La Lechería y el batey Palavé, una de las zonas más impactadas por la explotación irregular.
Experiencias anteriores de otros operativos con similares pretensiones a los que se ejecutan constriñen a uno el júbilo que deben provocar “esas pequeñas cosas” de las autoridades ambientales del país en medio de un escenario como el que se vive en gran parte del mundo, donde el belicismo, el dolor y la incertidumbre dominan.










