Por Alfonso Tejeda
La recién inaugurada línea 2C del metro que extiende ese servicio hasta Los Alcarrizos, en Santo Domingo Oeste, además de facilitar una cómoda, oportuna, digna y rápida movilidad a más de 150 mil pasajeros por día, tiene otra ventaja tan significativa como esas cifras y sus consecuencias: confirma y robustece una línea de continuidad de Estado, tarea en la que se ha empeñado el presidente Luis Abinader desde que asumió la dirección del Poder Ejecutivo, en agosto del 2020.
En más de una ocasión he definido a Abinader como empresario por herencia, economista por formación y político por vocación, trípode que entiendo debe ayudarlo en el desempeño de sus funciones, pero que, por momentos, él parece ignorar al mantener separadas entre sí, derrochando posibilidades y oportunidades, que, de valorar aquellas y aprovechar estas, desde una perspectiva de conjunto, tal vez el rumbo y el ritmo del gobierno fueran otros.
Para mi nivel de ingenuidad, llama la atención que el presidente desatienda algunas situaciones y coyunturas políticas, las que de afrontar con decisión y sentido del momento resultaran en logros sustanciales en la tarea de solventar problemas cotidianos que afectan a una parte considerable de la población que necesita de servicios y bienes que el Estado tiene la responsabilidad de suplir.
Y resulta chocante porque Abinader ha demostrado que cuando se dispone a un propósito, afana, se decide y trabaja para conseguirlo, tal como fue convertirse en presidente de la República, y desde el cargo, confrontar situaciones, que aun afectándolo en lo emocional, en lo político y en la calidad y transparencia de la gestión que dirige, asume con rectitud, con decisión, como lo hizo en la rendición de cuentas del pasado 27 de febrero con el caso Senasa.
Con valentía, firmeza absoluta y claridad, Abinader planteó en ese escenario la asunción plena del caso más traumático y perverso ocurrido en los cinco años de su gestión, acción que lo impactó en lo personal, porque la protagonizó uno de sus íntimos, y también porque afecta con profunda consecuencia la credibilidad y el empeño oficial de la principal bandera gubernamental: la lucha contra la corrupción, que ha certificado el combate a la impunidad.
Las críticas normales a piezas como la del 27 de febrero en la Asamblea Nacional, siempre buscan disminuir el impacto de lo planteado y cuestionar la calidad de lo expuesto, lo que sucedió está vez, pero con una excepción: la mayoría de quienes han valorado el discurso destacan la verticalidad de Abinader sobre Senasa, tema que reconocen, entre otros calificados de importantes, en la visión de políticas públicas orientadas al crecimiento económico, la transformación productiva y la modernización del Estado.
Los reparos “despolitizados” (?) a esa rendición de cuentas surgen de organizaciones que estiman ausencias, que, como la reforma fiscal, el de Código de Trabajo (en discusión), la ley de Seguridad Social, la de Función Pública, entre otras, son indispensables para fortalecer la institucionalidad, la economía y la administración pública, y demandan del presidente Abinader una convocatoria firme, tomando en cuenta de que dispone de una mayoría muy cómoda en el Congreso, para hacerlas realidad.
Desde que se inició el servicio en el metro, en enero del 2009, el sistema -muy cuestionado primero-, hoy reporta ventajas sociales y culturales que enriquecen la cotidianidad de la población, además del beneficio que a sectores populares ofrece, y que ahora la línea 2C promete ampliar y fortalecer, igual como se ha reflejado en la institucionalidad del Estado, dónde todavía quedan vagones vacíos que hay que llenar.






