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miércoles, febrero 25, 2026

Cuando la fe se reduce a frases bonitas

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Por César Aybar 

En la era de las redes sociales, los mensajes circulan con una velocidad vertiginosa. Frases cortas, bien diseñadas y fáciles de compartir, muchas veces acompañadas de imágenes agradables y de expresiones piadosas como “Dios te bendiga” o algo así. En la mayoría de los casos, quienes las comparten lo hacen con buena intención. Sin embargo, no todo lo que suena espiritual ayuda realmente al crecimiento humano y espiritual.

Hace poco recibí uno de esos mensajes, reenviado por un amigo cristiano, que decía: “Zapatos y personas; si te lastiman, no son de tu talla”.

A primera vista, la frase parece sensata. Incluso puede parecer sabia. Sugiere que no debemos forzar relaciones que nos hacen daño, algo que, en principio, es cierto: nadie está llamado a vivir sometido al abuso, a la humillación o a la violencia. Eso no es sano ni humano.

Sin embargo, cuando se analiza con más calma, el mensaje revela una visión problemática de las relaciones humanas.

El primer problema es la comparación. Un zapato es un objeto. Si no sirve, se cambia. Si aprieta, se tira. Una persona, en cambio, no es una cosa. Tiene dignidad, historia, heridas y un valor que no depende de si encaja o no en la vida de otro. Reducir a las personas a la lógica del “uso y descarte”, aunque sea de forma metafórica, es peligroso, porque normaliza una cultura que ya tiende demasiado a desechar lo que incomoda.

El segundo problema es más profundo: este tipo de mensajes promueve una espiritualidad de comodidad. Una fe donde el criterio principal es si el otro me hace sentir bien o mal, si encaja o no conmigo. Pero la vida, y mucho menos la fe, no funcionan así.

La experiencia humana demuestra que muchas veces las personas que más nos confrontan, que más nos incomodan, son precisamente las que nos obligan a crecer. No todo en la vida está diseñado para acomodarnos. Hay relaciones difíciles que revelan nuestras propias limitaciones, impaciencias y heridas no sanadas. Evitarlas siempre no nos hace más maduros; a veces solo nos hace más frágiles.

Desde una perspectiva cristiana, esta idea se vuelve aún más problemática. Jesús no eligió rodearse solo de personas “de su talla”. Si así hubiera sido, no habría traición, ni negación, ni abandono; pero tampoco habría cruz, ni perdón, ni redención. La fe cristiana no se construye sobre la afinidad, sino sobre el amor que persevera incluso cuando duele.

Esto no significa justificar el mal ni promover relaciones destructivas. Amar no es permitir abusos ni negar el daño. Amar es no deshumanizar al otro, no reducirlo a un problema que se elimina cuando deja de ser cómodo.

El Evangelio es claro cuando propone amar incluso al enemigo, precisamente porque ese amor no nace de la simpatía, sino de una decisión profunda de reconocer la dignidad del otro. Una fe que solo ama a quienes no incomodan termina siendo una fe frágil, incapaz de sostenerse cuando la vida se complica.

Hoy existe el riesgo de construir una espiritualidad hecha de frases bonitas, pero incapaz de acompañar el dolor real. Frases que alivian momentáneamente, pero que no enseñan a transformar el conflicto en crecimiento ni el sufrimiento en madurez.

Por eso, antes de compartir mensajes que suenan bien, conviene hacerse una pregunta honesta: ¿este contenido me acerca al modo de amar que propone el Evangelio, o simplemente me ofrece una justificación elegante para evitarlo?

La fe auténtica no se rige por tallas. No descarta personas como si fueran objetos defectuosos. Cree que el ser humano puede cambiar, que el amor puede crecer y que incluso en las relaciones más difíciles puede haber un espacio para la transformación.

El Evangelio no nos enseña a elegir caminos cómodos, sino a caminar con amor, incluso cuando el camino incomoda.

 

César Aybar
César Aybar
Es investigador y empresario agroindustrial

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