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miércoles, febrero 11, 2026

Cuba: el costo humano de un poder sin humanidad

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Por César Aybar

Todavía conservo, gracias a Dios, la capacidad de sorprenderme. Y me sorprende —con
dolor— comprobar cómo el ego de un grupo reducido de personas puede someter a
millones de sufrimientos físicos y emocionales sin mostrar el menor sentido de responsabilidad humana.

La situación que vive hoy el pueblo de Cuba es crítica. La economía se encuentra prácticamente destruida, los sistemas básicos han colapsado, la insuficiencia alimentaria es
una realidad persistente y la falta de energía y combustible paraliza la vida cotidiana. 

Sin embargo, más allá de estas carencias materiales, existe un problema aún más grave: el
agotamiento moral y emocional de una sociedad cansada, sin expectativas, sin proyectos de futuro.

Durante décadas, la llamada revolución intentó erradicar tradiciones, sustituir valores y
desplazar la fe por consignas ideológicas. El resultado es un país donde amplios sectores de
la población no solo carece de recursos, sino también de esperanza, libertad y sentido de
propósito. Se sobrevive, pero no se vive.

En ese contexto, resulta difícil comprender que desde el poder se ofrecen discursos
extensos para concluir que la solución consiste en resistir, aguantar y prepararse para
condiciones aún más adversas. 

Todo ello en nombre de una soberanía que parece más discursiva que real, una soberanía que no se traduce en bienestar, ni en dignidad, ni en oportunidades para la gente común.

Más preocupante todavía es la insistencia en sostener una “revolución” que, lejos de generar desarrollo humano, ha producido un proceso de involución económica, social y cultural. Una revolución que se justifica a sí misma mientras el pueblo asume el costo del fracaso.

A esto se suma la pretensión de imponer condiciones irreales para negociar con el poder
económico y político más fuerte de la época, como si el orgullo ideológico pudiera sustituir a los alimentos, a la energía y a la libertad. Como si la obstinación política fuese una virtud y no una carga que termina pagando toda una nación.

Escuchar ese tipo de discursos provoca una mezcla de pena y vergüenza: pena por la
desconexión con la realidad del sufrimiento humano y vergüenza por la trivialización del
dolor ajeno. Pero también deja al descubierto hasta dónde puede llegar la irracionalidad
cuando el ego se impone sobre la responsabilidad moral.

Siento un profundo dolor por el pueblo de Cuba. No es un dolor ideológico, sino humano. Y
junto a ese dolor surge una sensación de impotencia que muchos compartimos, resumida en una pregunta sencilla, pero urgente: ¿qué puede hacer cada persona, desde su lugar, para contribuir con un pueblo que ya no necesita discursos, sino soluciones concretas y verdad?

*El autor es agroempresario e investigador científico

César Aybar
César Aybar
Es investigador y empresario agroindustrial

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