Por Alfonso Tejeda
Con su atenta mirada sobre la cotidianidad, Manuel Salazar, reconocido por su activismo en la izquierda del país, es un permanente observador, quien desde la franqueza de sus convicciones expone y discute temas más allá de la agenda política, pero que lo confirman en su calidad humana, en esa solidaridad suya siempre presente, en la bonhomía que le emana.
Es un testimonio de esas cualidades, desde las que valora la dimensión del otro, el mensaje de despedida a Ramón Alburquerque, al político, al profesional, al funcionario, al Hombre que “vino de abajo, de la pobreza extrema”, al que define como “un sobreviviente de la pobreza extrema impuesta a la mayoría del pueblo”.
Apuntando esas condiciones con estilo directo y sentido de trascendencia, Salazar anota otras dos acciones: la lucha de la mamá de Alburquerque por “mantenerlo vivo”, y los esfuerzos y estudios suyos que impulsaron el talento que tenía, hasta convertirse en uno de los profesionales mejor calificados, protagonismo por el que lo asemeja a “como fue el doctor Peña Gómez”.
Son esas dos historias de vidas, de participación, de talentos, luchas y esfuerzos para superar condiciones extremas, siempre adversas, en ambientes hostiles, donde los complejos raciales, las trabas sociales marcan el territorio de cada uno, un espacio del que quien sale, tiene que vivir en un constante desafío que a veces ni la muerte es liberación.
Ramón Alburquerque tuvo el determinante y corajudo acompañamiento de su madre, quien luchó para mantenerlo vivo y allanarle algunas oportunidades; Peña Gómez, en cambio y en circunstancias más difíciles, sobrevivió junto a su hermano Domingo y una pariente mozalbete, a la persecución criminal de la que fueron víctimas sus padres, a los que ni siquiera conoció.
En su libro “Los orígenes de Peña Gómez” – que circula en su tercera edición -, el periodista Osvaldo Santana revela que gracias al arrojo de Francisco de León (Francisco Polo), un campesino de Gurabo, Valverde, quien ante la insistencia de María Petronila Mejía (Toni), su mujer, se aventuró entre los montes donde encontró al niño y su cuidadora, abandonados cuando hordas criminales mataban a quienes consideraban “haitianos”.
Dice Osvaldo Santana en el citado libro, que doña Toni tuvo que defenderse con decisión frente a un hombre que buscaba matar al niño cuando aún este ni se sentaba, pero que por necesidades de su familia, decidió entregarlo a Francisca Torres, quien a su vez lo puso en manos de Regina Peña y Fermina Gómez, matrimonio que lo adoptó como suyo y le dio sus apellidos.
Nacido Peña Gómez en 1936 en la loma de El Flaco, Valverde, varios años antes que Alburquerque en un batey de Monte Plata, a más de los talentos, estudios y esfuerzos parecidos, ambos transitaron en comunidad la lucha democrática iniciada a finales de la era trujillista, destacándose desde posiciones de liderazgo junto al pueblo dominicano, participación y protagonismos que Manuel Salazar recuerda y reivindica.






Excelente artículo.debes escribir otro sobre ese mismo tenor.