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miércoles, enero 28, 2026
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Un play moderno para la República Dominicana: de potencia beisbolera a meca del turismo deportivo

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Por Máximo Calzado Díaz 

La República Dominicana no solo exporta peloteros: exporta talento, disciplina, historia y sueños. Nombres como Juan Marichal, Pedro Martínez, Vladimir Guerrero, David Ortiz y Adrián Beltré no son simples referentes deportivos; son símbolos de una nación que convirtió el béisbol en identidad, orgullo y proyección internacional. A ellos se suma una nueva generación que continúa escribiendo esa historia con la misma pasión y excelencia.

Hoy, la República Dominicana es, sin discusión, una potencia beisbolera mundial, líder en América Latina y el Caribe y referente indiscutible en las Grandes Ligas. Solo en la temporada 2025, entre 90 y 100 peloteros dominicanos integraron rosters regulares de MLB, y 89 de ellos iniciaron el Opening Day con puestos asegurados. No se trata de una estadística más: es una prueba contundente de liderazgo deportivo global.

Sin embargo, esta realidad convive con una paradoja que ya no puede seguir ignorándose: somos una potencia sin una infraestructura emblemática a la altura de nuestro posicionamiento internacional. El béisbol dominicano ha crecido más rápido que sus escenarios.

El Estadio Quisqueya, inaugurado en 1955, cumplió con honor su misión histórica. Durante casi siete décadas fue testigo de gestas deportivas memorables y de la consolidación de nuestra liga invernal. Pero hoy, con casi 70 años de uso continuo, el estadio evidencia un agotamiento estructural inevitable. Las deficiencias en accesibilidad universal, circulación interna, áreas comunes, servicios sanitarios, seguridad, tecnología y experiencia del espectador son visibles y limitan seriamente su funcionalidad frente a los estándares contemporáneos del deporte profesional.

Consciente de esta realidad, el presidente de la República dio un paso trascendental mediante el Decreto núm. 306-25, creando una comisión consultiva encargada de evaluar la viabilidad de construir un nuevo estadio de béisbol en terrenos del Estado, ubicados en el Ensanche La Fe, con el objetivo de cumplir plenamente con los estándares técnicos, de seguridad y operatividad exigidos por las Grandes Ligas.

Pero el país se encuentra ya en un punto decisivo. La discusión no es si debemos hacerlo, sino cuándo y cómo avanzamos. El nuevo estadio no es un lujo ni un capricho; es una necesidad estratégica para el desarrollo deportivo, urbano y turístico de la República Dominicana. Postergar esta decisión implica rezagos futuros, mayores costos acumulados y la pérdida de oportunidades en un entorno global cada vez más competitivo.

El momento, además, es estratégico. La coincidencia con FITUR 2026 abre una ventana excepcional para presentar este proyecto como lo que realmente es: una plataforma integral de desarrollo urbano y turismo deportivo, capaz de atraer inversión, alianzas internacionales y atención global.

El turismo deportivo no se construye únicamente con eventos aislados; se consolida a partir de ecosistemas urbanos completos que integran infraestructura deportiva de alto nivel, conectividad vial, transporte eficiente, seguridad, servicios, oferta hotelera, gastronomía, comercio, entretenimiento y espacios públicos de calidad. En ese contexto, un nuevo estadio no debe verse como un gasto, sino como una infraestructura estratégica de transformación territorial y económica.

Un estadio de clase mundial permitiría activar de forma sostenida el turismo de entretenimiento, diversificar la oferta turística más allá del tradicional sol y playa, y extender la estadía de visitantes internacionales atraídos por eventos deportivos, conciertos y espectáculos de gran formato. Los efectos multiplicadores serían inmediatos y tangibles: hotelería, transporte, restaurantes, comercio y servicios se beneficiarían directa e indirectamente.

Asimismo, una nueva infraestructura elevaría significativamente el nivel competitivo y organizativo de la Liga Invernal Dominicana, fortalecería la marca país y ampliaría su alcance internacional, atrayendo no solo a más fanáticos locales, sino también a público extranjero, medios especializados y promotores de eventos globales.

En definitiva, invertir en un play moderno no es solo construir un estadio. Es apostar por una visión de país que entiende el deporte como motor de desarrollo, el béisbol como activo estratégico y la infraestructura como palanca de futuro.
La República Dominicana ya es una potencia beisbolera mundial. Ahora le corresponde dotarse de un escenario que esté a la altura de su grandeza.

Máximo Calzado Reyes
Máximo Calzado Reyes
Ingeniero en Sistema de Computación, abogado, maestría en Derecho Constitucional, maestría en Derecho de la Administración del Estado, Maestría en Ciencias Políticas para el Desarrollo Democrático. Director Ejecutivo de la Fundación Justicia y Transparencia (FJT).

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