Por Federico Pinales
Son muchos los ciudadanos que han sido testigos de crímenes de todo tipo y se han ido a la tumba sin revelar los secretos, por temor a que los criminales tomen represalias y se los lleven en las uñas, antes de llegarles sus tiempos biológicos.
Esa situación es más común, cuando los crímenes son de Estado o perpetrados por miembros de grupos delincuenciales organizados.
Ahora bien, inventar y crear historias falsas para destruir honras y reputaciones bien ganadas, por encargo o por inquinas personales, es otro crimen igual de condenable y repudiable.
Ambas cosas merecen el rechazo colectivo, venga de donde venga.
El periodista o comunicador, como le llaman ahora a los que hablan por radio y televisión sin ser periodistas, que en forma arrogante, prepotente y temeraria dicen o escriben cosas que no son capaces de defender con sus vidas, si fuere necesario, no merecen ser leídos escuchados ni defendidos, cuando se encuentra en apuros, como consecuencia de sus irresponsabilidades.
En reiteradas ocasiones he usado este mismo espacio para defender la prensa alternativa y los programas de internet que hacen denuncias valientes, responsables y bien documentadas; sean estas expuestas por periodistas profesionales o empíricos bien intencionados.
A las pruebas me remito, si usted es un asiduo lector de este espacio.
Desde que me inicié como corresponsal en Haina, sin conocer teóricamente ni la P de periodista, siempre defendí, he defendido y sigo defendiendo lo que digo y lo que escribo.
Cuando alguien ha intentado desmentirme, ha tenido que guardarse la lengua donde no le da el sol.
Digo todo esto, para referirme al sonado caso Ángel Martínez, un personaje a quien vengo siguiendo desde que se inició en las redes sociales, hasta todo el viacrucis que ha venido pasando, desde su ingreso temerario e imprudente a la República Dominicana. Donde nunca debió pisar, sin las pruebas de todas las graves acusaciones que hizo olímpica e irresponsablemente a través de sus vistos y oídos programas de internet.
Y digo irresponsablemente, no en defensa de los denunciados, sino, porque en la forma que él pidió disculpas evidenció que no tenía las pruebas que él decía tener y con ello le ha hecho un flaco servicio a quienes realmente hacen un ejercicio serio de los medios que tienen a su alcance.
Una cosa es la libertad de expresión y difusión del pensamiento para hacer el bien, y otra es el libertinaje para chantajear y hacerse sentir importante, a costa de la dignidad y el dolor espiritual de otros, a causa de la impotencia, para hacer valer sus derechos y quitarse de encima las toneladas de lodos lanzadas indiscriminada y alegremente por un mal nacido, que luego apela a su supuesta ancianidad y estado de salud, para liberarse del peso de la ley.
Si todo lo que dijo Ángel Martínez, con soberana soberbia y prepotencia es verdad, que saque las pruebas, para desenmascarar a tantos “farsantes “.
De lo contrario, que se pudra en la cárcel por el dolor causado morbosamente a tantos “inocentes” y por haber puesto en entredicho la credibilidad de las redes sociales, únicos voceros de los sin voz, cuando se pone al servicio del bien común.