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jueves, abril 3, 2025
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El queso fue la señal

Por Rafael Céspedes Morillo

Eran las cinco de la mañana. No era una hora especial, era la hora en que acostumbraba a salir hacia el aeropuerto para tomar el primer vuelo de la mañana y seguir hacia la ciudad de Caracas, donde me esperaban unos clientes a los que debía atender. 

Además, esa misma tarde, saldríamos en vehículo hacia los llanos venezolanos, que nos esperaban con su radiante sol, sus rutas casi solitarias y sus botiquines de carretera. Así llamaban a los lugares donde vendían quesos y otras delicias alimenticias, entre las que no podían faltar la refrescante chicha y el papelón, un jugo de caña de color marrón que, por su tonalidad, nunca me sedujo.

Las paradas eran casi obligatorias, ya que era necesario ir a los baños, comer algo y continuar por las largas carreteras. Sin embargo, eran breves porque la distancia era extensa y, en esas solitarias e interminables vías, las noches no eran buenas compañeras. La oscuridad escondía peligros de varios tipos. 

Recuerdo que, en una ocasión, cuando Omar y yo —quien siempre me acompañaba— regresábamos, nos encontrábamos en Yaracuy. Habíamos llegado alrededor de las cinco de la tarde para una reunión de dos horas, quizás algo más, y planeábamos salir rumbo a Caracas. Cuando le dijimos al cliente que nos íbamos, nos respondió:

—Solo si me fusilan los dejo salir a esta hora de aquí. Ustedes están locos, no caminan veinte kilómetros antes de que los asalten. De noche, esto es tierra de nadie, así que olviden eso.

Él mismo nos llevó a un hotel de la ciudad, y allí pernoctamos. Por curiosidad, revisamos dos periódicos locales y encontramos noticias de varios asaltos esa noche, con un saldo de dos muertos entre los asaltados. Biagio, hoy preso del régimen de Venezuela y a quien ni siquiera permiten ver, casi con seguridad nos salvó la vida. Dondequiera que estés, amigo, oro por tu libertad, porque eres un ejemplo de dignidad y decoro político en Venezuela.

Omar y yo salimos temprano, desayunamos en la carretera, pero aún nos faltaban dos paradas más. En un viaje anterior, habíamos almorzado en un restaurante en la autopista que nos gustó mucho, así que decidimos volver al mismo lugar. Allí, había comido un queso de mano tan delicioso que era "para comerse las manos". 

No bien nos habíamos sentado cuando pedimos el buen queso, y tremenda fue nuestra sorpresa al escuchar un rotundo "no hay". Fue un golpe psicológico tan fuerte que decidimos no comer y nos marchamos.

Unos kilómetros más adelante, paramos en otro lugar, donde tampoco había queso de mano. Decisión final: comeríamos en la Asociación de Ganaderos, un restaurante en Valencia de extraordinaria calidad, especialmente en carnes. Llamé a mi gran amigo Carlos Pineda y le pedí que nos acompañara, que yo lo invitaba a almorzar. Complacido, así lo hicimos.

Cuando el personal de servicio se acercó a preguntarnos qué deseábamos, le dije: —Tráeme dos quesos de mano y después hablamos. El mesero sonrió y me respondió:

—Pues hablemos ahora, porque no hay queso de mano.

No recuerdo cuántos minutos me quedé callado, pero fueron los suficientes como para que el caballero me preguntara:

 —¿Solo querían eso?

Fue como si despertara y le dije:

—No, tráenos la carta.

Volvió a sonreír y nos dijo:

—Puedo decirles de memoria lo que tenemos.

Nos mencionó el menú enseguida: dos tipos de carne y, como acompañamiento, ensalada verde, yuca y tostones.

—Tráenos uno de cada uno, servidos para tres —le pedí.

Acompañamos la comida con gaseosas y, al final, lo peor: tampoco había café. -Le lancé un "discurso" a Omar y a Carlos sobre lo que se advertía que venía para su país. De modo que, desde que llegué a Margarita —donde vivía—, hablé con mi esposa y decidimos marcharnos.

—Esto camina hacia el despeñadero —les dije—, y ahí no estaré yo.

Al decir eso, me di cuenta de que había tomado mi decisión. Para relajar el ambiente, agregué:

—No se puede vivir en un país donde no haya queso de mano.

Nos reímos y, pero, cuatro meses después, ya estaba de regreso en mi país.

El queso fue la señal.

Rafael Céspedes Morillo
Rafael Céspedes Morillo
Rafael Céspedes

1 COMENTARIO

  1. Muy asertivo su artículo, amigo. Hoy ya no hay de todo lo bueno que había, cuando ya faltaba el queso. Imagínese la señal que tenemos que interpretar ahora. Saludos y bendiciones.

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